
Su posterior asentamiento fue iniciado por Águeda Gómez Chinana, viuda, el 27 de agosto de 1612, contratado con el cantero Juan Rivero. Su única puerta se abre al interior de una sola nave con paredes lisas adornadas con exvotos y otros motivos. Su tejado es de tres aguas y de cuatro el de la capilla mayor y sacristía, revistiendo un techo sencillo y tradicional.
Un punto y aparte lo merece su retablo, que fue sometido a un exhaustivo estudio de urgencia por su deterioro progresivo de sus distintos componentes, se halla en proceso de restauración, casi finalizando su cometido y enfilando a su pronta puesta al culto de nuevo. La labor de la pieza ha consistido en la fijación de estrato pictórico, desinfección, consolidación, limpieza superficial y química, reintegración volumétrica del soporte y cromático, protección, estucado y barnizado, siendo necesaria para su conservación patrimonial y de estilo propio. Se considera como el mejor ejemplo en Canarias del barroco portugués. Policromado y de un cuerpo es relevante en los albores del pensamiento religioso con un conjunto iconográfico de la Pasión de Jesucristo, intensamente expresivo a la narración evangélica. Destaca por su colorido, concebido como una gran hornacina. Su traza y minuciosa decoración con vivos fondos a base de enroscadas formaciones vegetales y hojarascas de alegres tonalidades, entremezcladas con figuras infantiles, invade con su grandilocuencia todo el espacio. En donde falta la talla, sucediendo en los intercolumnios, aparecen detalles pintados de igual profusión. En 1705 consta su existencia por haberse destinado, entonces, 807 reales para dorarlo.
Los elogios quedan en el anonimato del silencio y bregar constante de dar el esplendor al arte e ingenio de otros. El logro conseguido se inmortaliza en conservar y rehacer las huellas del tiempo con sus complicadas y presentes heridas de desgaste, humedad, repintes, añadidos…
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