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Domingo Acosta (1884-1959) |
No llegué a conocerlo, por lo menos no me doy cuenta, pero sí
los comentarios que se transmitían por todos los entes sociales, si de pólvora
se tratara, de su persona y de su jocosa manifestación poética. Sin lugar a
duda, pensé que se trataba de alguien muy arraigado al sentir popular y que
había llegado muy hondo al pensamiento de los demás.
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Edición de poemas |
En unos instantes, de pronto mi mente sustrajo de los
recuerdos una anécdota. Sucedió con el nombramiento de un alto cargo político
de Santa Cruz de La Palma, en los años finales de los 50. Por aquella época yo
estudiaba en la academia de enseñanzas libres Pérez Galdós en la calle Pedro
Poggio y no sé como circularon, de mano en mano, por el colegio unos folios,
conteniendo un poema referente a tal acontecimiento, que su autor, el referido
poeta, plasmó inmediatamente.
Es curioso que haya pasado 60 años desde su óbito, aún vive
su memoria y sus versos despiertan interés y apasionamiento:
Edén para soñar,
nido de amores,
atalaya florida en mar azul;
isla de juventud, vergel de flores:
¡Benahoare, eres
tú!...
La anterior estrofa nos descubre sus reales sueños y por qué
dedicó su tiempo a sus paisanos y a los que eran, con la mordacidad de su
estilo poético, llevado con certeza e inequívoca inteligencia, que le
caracterizaba.
El amor a La Palma fue subrayado con énfasis y notabilidad
por ser un auténtico creador de una labor específica y, desde luego, se revela
en su obra, como excelente pintor de lo acontecido en su época.
Esta cunita vacía,
nido de un ave que un día
por otro azul se perdió,
hoy me recuerda la mía,
los sueños sin fantasía,
y el beso y el arrorró.
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Plaza con su nombre. Benahoare |
Fue un hombre de pueblo, que sufrió, vivió y amó
apasionadamente. Amó la poesía que vibra en su gente, en su isla, en el
paisaje, en la ternura, en la belleza… Su nombre viajó por las venas ardientes
de su tierra y se prendió para siempre. Su voz cantó a la naturaleza, al amor,
a la soledad, a los sueños de la infancia, a la lucha por la supervivencia y
por el desenfado.
Para dar al mundo todo esplendor, fuerza y luz, su canto
seguía sin barreras. Murió con los ojos prendidos a la existencia que tanto
quiso, mirando un cielo, por fin, sin límites.
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