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Vapor Valbanera. Santa Cruz de La Palma |
Allá, en tiempos inmemoriales, surcó las azules aguas del
océano una nave hasta llegar a la otra orilla, un vergel de belleza sin par
colmado de promesas. El paraíso de Las Hespérides quedaba en el margen opuesto
a las ilusiones concebidas en el seno de una familia. Un hogar vacío sin el
aliento renovador. Donde los días pasan lentamente, uno tras otro, sin que
nadie intente poner solución.
La miel de la buena fortuna endulza los labios de todos con
las primeras noticias llegadas desde muy lejos. El Sol se oculta y la Luna
ilumina con nitidez el cielo oscuro en la noche serena de víspera. Al día
siguiente un pescante descarga un baúl
cerrado con candados y sogas. Lleno de rótulos y señas de destino, su dueño se
apodera de él.
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Acuarela. Juan Bautista Fierro |
Guarda la sorpresa inesperada. Sonríen al loro encerrado en
la jaula, que lleva la simpática mulatita de gracioso contoneo. Detrás el señor
de pelos canos y arremolinados con guayabera, sombrero y un habano entre los
dedos de su mano derecha y al lado la señora de la sombrilla junto a un par de
pequeñines.
Regresa lo mejor de los enigmas, misterios e historia,
afrontando con gran entusiasmo el reto a una cita con identidad propia, capaz
de atrapar la curiosidad de arrancarnos una expresión de genuino asombro.
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El Puente. Antigua Rambla de Cuba |
De pronto, renace en los rostros una alegría incontenible
manifestada en reflejos del pasado inmediato por mucho tiempo transcurrido.
Espejo de la ausencia en tierra hermana no divisada por el horizonte preñado de
interrogantes. Se rompen las amarras de la nostalgia y se añora lo perdido presente
en las ataduras familiares. Preguntas hinchadas de resquemor y fantasías
invaden el ayer pletórico y un hoy incongruente en medio de afectos.
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Casa típica rural. La Palma |
Las huertas y aquella casa formando parte del Edén soñado y
los sueños tantas veces repetidos entrelazados en una almohada se arrullan como
plácidas nenúfares, desde décadas desempolvados por el esfuerzo de retornar a
la pequeña patria, en donde el contorno se dibuja con blancas espumas, que en
aquel día retuvo en la retina de la volcánica arena la partida hacia un mundo
desconocido en busca de mejor sustento.
El reencuentro y abrazo hermano abre la puerta de la
esperanza a un nuevo comienzo consolidado con la amistad y el cariño de todos.
Surgen las miradas hacia el porvenir de renacer a la vida. Sentir el calor y la
bondad de la tierra, que nos vio nacer, crecer y hacernos adultos en lo
material y espiritual con personalidad única como sello de identidad. La fuerza
del terruño nos moldea por dentro y nos proyecta a distinguirnos del resto del
universo.
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Colonia cubana. Inicio del siglo XX |
Nacen del fuego de los volcanes, que pasado muchos siglos
supieron labrar en los surcos de la madre naturaleza el carácter bravo y
anhelado en el corazón por la lucha de conquistar, de no rendirse a las
adversidades y ser sabios en el conocimiento de fenómenos atmosféricos y ser
hombre precavido para mejorar las condiciones de infraestructura. El trabajo
duro se convierte en el instrumento necesario para sobrevivir y alcanzar la
libertad. Tarde o temprano es afable y comparte la necesidad de la ayuda mutua
para sacar mayor rendimiento de los medios a su alcance.
La humedad de la brisa, la cercanía del monte, el salitre del
mar y los profundos barrancos proyectan una sensacional idea del indiano,
refiriéndonos a los retornados de Cuba. Pocos fueron los afortunados el de
volver ricos y hacendados. Una vez aquí tenían que demostrar de cualquier forma
que le había ido bien en ultramar con un reloj de oro, un coche de grandes
dimensiones y una magnífica mansión digna de su riqueza adquirida en varios
años.
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El malecón. La Habana (Cuba) |
En circunstancias nada halagüeñas permiten recobrar la
memoria y trasladarnos de un lugar a otro, disfrutando del transcurrir
vespertino de la pura existencia, historia y etapas en las que buscábamos
ayudas para mitigar el ir y venir, ser y estar, luchar, conocer y descubrir,
reconociendo el ser conscientes de lo que somos y vivimos. Verdadera realidad
del emigrante, arriesgado compromiso ante una sociedad de cuestionar todo lo
ocurrido a su alrededor. Lazo hecho fuertemente por la acogida y el
hermanamiento entre dos islas, Cuba y La Palma, y mares distantes uno del otro,
Caribe y Atlántico.
Las costumbres se complementan con la necesidad de propagar
los vínculos de sangre, tantas veces amenazados por el olvido o la falta de
comprensión, allende de nuestras fronteras. Isleños por antonomasia que
llevamos consigo mismo con sellos idénticos transmitidos de generaciones por
miembros del mismo clan familiar.
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