Es curioso y estoy orgulloso de comentar una biografía tan
interesante y de muy poca semejanza a otras, que resalta por hechos únicos y
pocos comunes arraigados de una manera sublime en la persona que, en esta
ocasión, vamos a describir con convicción e intensa en contenido lleno de
múltiples cualidades humanas y sencillas, como difíciles de hallar, flujos
extraordinarios en los sentimientos de hombres y mujeres de ayer, de hoy y de mañana
que han dejado una huella imborrable, sobre todo, en la isla canaria. Palmero
por origen, amante de su patria chica y agradecido por el sitio de acogida, que
tanto le dio por su generosidad incondicional para labrarse un porvenir noble y
desahogado, para ofrecer a lo grande lo imprescindible a una u otra parte, con
el corazón dividido, La Palma y La Habana.
Cuando se hace algo sin interés personal sino el de
conseguir el bienestar de su tierra, que le vio nacer, su isla bonita, debe
tenerse en cuenta y así fue, llena de necesidades primordiales en una época
caótica y deficiente por problemas de salud socio-cultural a través de la
escasez de higiene y de constante menosprecio de La Palma por la insularidad,
lejanía, falta de recursos… La emigración parece ser una nota principal en los
habitantes palmeros. La precariedad de las condiciones económicas y el acecho
de numerosas epidemias. Es la sombra de buscar mejores perspectivas, después de
unas salidas penosas en el área insular de Canarias.
Admitimos nuestros deseos de revivir la sociedad obsoleta y
mermada en medios de primera necesidad, según las impresiones habidas en las
páginas históricas de saneamiento y de legajos sanitarios.
Durante el tiempo que las islas pasaron la inhumana
situación, fue un auténtico calvario de crisis e incertidumbre, como la
desaparición del cultivo de la cochinilla, la duda ante el afianzamiento y
resultados de los nuevos cultivos de exportación del plátano y el tomate; la
guerra de Cuba, Filipinas y Puerto Rico y el estallido de la Primera Guerra
Mundial, en 1914. Nuestra isla, como en el resto del archipiélago, fue sensible
a esos tropiezos momentáneos que, luego, se transformaron en hábitos de la
población.
Cristóbal Pérez Volcán (1725-1790), nació el 17 de febrero
en el año referente, en Santa Cruz de La Palma, vecino del barrio de San Telmo
y perteneciente a una familia pobre y de precarios medios familiares. Hijo de
Manuel Pérez Volcán y de Clemencia Rodríguez. Humilde y con espíritu
emprendedor, carente de cualquier tipo de estudios, pasó su niñez al lado de
sus padres, ayudándolos en todas aquellas ocupaciones domésticas que sus pocos
conocimientos le permitían.
Con pundonor y con extraordinario esfuerzo logró alcanzar la
meta deseada, como si fuera un sueño concedido por intervención divina, embarcó
hacia la isla caribeña en busca de prosperidad, abriendo nuevos horizontes,
consiguió llegar al Nuevo Mundo, la tierra prometida, al estilo del ‘sueño
americano’, descubierta por su tocayo Cristóbal Colón (ca. 1451-1506).
Emigró desde muy joven a la ‘Perla del Caribe’ o de las
Antillas, estableciéndose de una forma arbitraria en su capital La Habana,
donde falleció, el 16 de enero del año reseñado, al igual que el de nacimiento,
ya que por ese entonces la isla caribeña era el centro de la emigración
palmera.
Pérez Volcán, llegó a la ciudad capital de Cuba, dedicándose
a distintas faenas que, por el momento, le dieron el sustento de supervivencia,
labrándose un porvenir halagüeño, afortunado, y con mucha lucha consiguió sus
propósitos. Convencido de que con trabajo y honradez era posible hallar suerte,
no quiso quedarse en La Habana y se trasladó al interior de la isla, donde grandes
extensiones de tierras esperaban ser cultivadas.
En principio, se empleó, entre otras cosas, al cultivo de
tabaco. Primera producción de la agricultura cubana, sonriéndole muy pronto la
diosa fortuna por lo que reunió un inmenso capital, que le convirtió en un
acaudalado hacendado. Sin pensarlo dos veces, se trasladó a vivir
definitivamente en La Habana.
En la capital cubana se convirtió en un verdadero hombre de
negocio y generoso, ejerciendo la caridad. También, recibía a sus compatriotas
canarios prodigándoles atenciones y cuidados, así como concediéndoles
colocación laboral en sus propiedades y que, por su notable actitud y
dedicación a obras de beneficencias, aumentó sus riquezas en pocos años en la
bella ciudad-capital, siendo, además, de los primeros en dar la libertad a sus
esclavos y de los más acreditados comerciantes, tanto por su honradez como por
la seriedad con la que acometía los compromisos asumidos, en servicios a la
comunidad.
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‘Perpetuó su memoria con las disposiciones contenidas en su
testamento, que otorgó en la Habana, el 5 de enero de 1790, y dos codicilos, el
7 siguiente, ante el escribano público Nicolás de Frías Magdaleno, al
enriquecer, en razón a su cuantiosa fortuna, templos y casas de beneficencia de
La Palma y Cuba. Recibieron importantes legados los hospitales de San
Francisco, San Juan de Dios, San Lázaro, y el convento de Las Mercedes, en La
Habana; las iglesias de El Salvador, Las Nieves, conventos de San Francisco y
Santo Domingo, el culto de la imagen del Nazareno, en Santa Cruz de La Palma,
y, en especial, el hospital de Nuestra Señora de los Dolores de esta ciudad’ (FASTOS BIOGRÁFICOS DE LA PALMA.
Jaime Pérez García. 1985).
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Como público reconocimiento, según algunos biógrafos, al
altruista más destacado a lo largo y ancho de la historia de la isla de La
Palma, se le asignó un espacio en el interior del templo de la parroquia matriz
de El Salvador de la capital insular, en donde se encuentra un gran óleo de San
Cristóbal, alusivo a su persona por los altos valores humanos, obra del artista
madrileño, pintor Ubaldo Bordanova Moreno (1866-1909), afincado y fallecido en
Santa Cruz de La Palma, que vivió en el barrio de San Sebastián, conocido
popularmente por el barrio de La Canela. Frente a la pintura observamos una
lápida de mármol blanco adosada a la pared con una inscripción, que dice:
A LA MEMORIA DEL
Sr. D. CRISTÓBAL PÉREZ VOLCÁN,
INSIGNE PROTECTOR DE LOS TEMPLOS
Y CASAS DE BENEFICENCIA
DE ESTA CIUDAD.
1896.
Su nombre figura al pie del altar mayor de la misma iglesia
y al frente de una de las calles más importantes de la localidad de su nacimiento.
En la Sala Capitular del mismo recinto sagrado se guarda un
lienzo enmarcado del homenajeado por merecimiento propio a su donación
testamentaria para recordar y, al mismo tiempo, conocer y agradecer quien fue
la persona que se convirtió en el mayor mecenas, sobresaliente mecenazgo de la
historia a nivel social y religioso, que se difundió entre las sucesivas
generaciones de feligreses, creyentes o no, compartiendo la buena noticia,
partícipe del fruto surgido de lo extraordinario.
Por
último, el excelentísimo ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma acordó rotular
su nombre a una de sus calles, en la trasera parroquial. A esta vía no se le
dio otro a través del tiempo, sino el de calle del hospital, porque se ubicaba
por uno de los laterales de la iglesia del antiguo hospital de Dolores. Desde
el siglo XVI se hacía mención a la parroquia de El Salvador. Se ha hallado un
documento público como calle y cementerio de la iglesia de San Salvador, en
1556, y a partir de 1865 se le conoce con dicha denominación, que pasó a
engrosar el callejero oficial. Y, el 3 de noviembre de 1894, el Consistorio
tomó el acuerdo de cambiarle la designación por el de Pérez Volcán.
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