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domingo, 20 de octubre de 2024

EL ALTRUISTA MÁS DESTACADO DE LA PALMA

         Es curioso y estoy orgulloso de comentar una biografía tan interesante y de muy poca semejanza a otras, que resalta por hechos únicos y pocos comunes arraigados de una manera sublime en la persona que, en esta ocasión, vamos a describir con convicción e intensa en contenido lleno de múltiples cualidades humanas y sencillas, como difíciles de hallar, flujos extraordinarios en los sentimientos de hombres y mujeres de ayer, de hoy y de mañana que han dejado una huella imborrable, sobre todo, en la isla canaria. Palmero por origen, amante de su patria chica y agradecido por el sitio de acogida, que tanto le dio por su generosidad incondicional para labrarse un porvenir noble y desahogado, para ofrecer a lo grande lo imprescindible a una u otra parte, con el corazón dividido, La Palma y La Habana.

                              Cuando se hace algo sin interés personal sino el de conseguir el bienestar de su tierra, que le vio nacer, su isla bonita, debe tenerse en cuenta y así fue, llena de necesidades primordiales en una época caótica y deficiente por problemas de salud socio-cultural a través de la escasez de higiene y de constante menosprecio de La Palma por la insularidad, lejanía, falta de recursos… La emigración parece ser una nota principal en los habitantes palmeros. La precariedad de las condiciones económicas y el acecho de numerosas epidemias. Es la sombra de buscar mejores perspectivas, después de unas salidas penosas en el área insular de Canarias.

                              Admitimos nuestros deseos de revivir la sociedad obsoleta y mermada en medios de primera necesidad, según las impresiones habidas en las páginas históricas de saneamiento y de legajos sanitarios.

               Durante el tiempo que las islas pasaron la inhumana situación, fue un auténtico calvario de crisis e incertidumbre, como la desaparición del cultivo de la cochinilla, la duda ante el afianzamiento y resultados de los nuevos cultivos de exportación del plátano y el tomate; la guerra de Cuba, Filipinas y Puerto Rico y el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914. Nuestra isla, como en el resto del archipiélago, fue sensible a esos tropiezos momentáneos que, luego, se transformaron en hábitos de la población.

                              Cristóbal Pérez Volcán (1725-1790), nació el 17 de febrero en el año referente, en Santa Cruz de La Palma, vecino del barrio de San Telmo y perteneciente a una familia pobre y de precarios medios familiares. Hijo de Manuel Pérez Volcán y de Clemencia Rodríguez. Humilde y con espíritu emprendedor, carente de cualquier tipo de estudios, pasó su niñez al lado de sus padres, ayudándolos en todas aquellas ocupaciones domésticas que sus pocos conocimientos le permitían.

           Con pundonor y con extraordinario esfuerzo logró alcanzar la meta deseada, como si fuera un sueño concedido por intervención divina, embarcó hacia la isla caribeña en busca de prosperidad, abriendo nuevos horizontes, consiguió llegar al Nuevo Mundo, la tierra prometida, al estilo del ‘sueño americano’, descubierta por su tocayo Cristóbal Colón (ca. 1451-1506).

                              Emigró desde muy joven a la ‘Perla del Caribe’ o de las Antillas, estableciéndose de una forma arbitraria en su capital La Habana, donde falleció, el 16 de enero del año reseñado, al igual que el de nacimiento, ya que por ese entonces la isla caribeña era el centro de la emigración palmera.

        Pérez Volcán, llegó a la ciudad capital de Cuba, dedicándose a distintas faenas que, por el momento, le dieron el sustento de supervivencia, labrándose un porvenir halagüeño, afortunado, y con mucha lucha consiguió sus propósitos. Convencido de que con trabajo y honradez era posible hallar suerte, no quiso quedarse en La Habana y se trasladó al interior de la isla, donde grandes extensiones de tierras esperaban ser cultivadas.

                              En principio, se empleó, entre otras cosas, al cultivo de tabaco. Primera producción de la agricultura cubana, sonriéndole muy pronto la diosa fortuna por lo que reunió un inmenso capital, que le convirtió en un acaudalado hacendado. Sin pensarlo dos veces, se trasladó a vivir definitivamente en La Habana.

                              En la capital cubana se convirtió en un verdadero hombre de negocio y generoso, ejerciendo la caridad. También, recibía a sus compatriotas canarios prodigándoles atenciones y cuidados, así como concediéndoles colocación laboral en sus propiedades y que, por su notable actitud y dedicación a obras de beneficencias, aumentó sus riquezas en pocos años en la bella ciudad-capital, siendo, además, de los primeros en dar la libertad a sus esclavos y de los más acreditados comerciantes, tanto por su honradez como por la seriedad con la que acometía los compromisos asumidos, en servicios a la comunidad.

     ‘Perpetuó su memoria con las disposiciones contenidas en su testamento, que otorgó en la Habana, el 5 de enero de 1790, y dos codicilos, el 7 siguiente, ante el escribano público Nicolás de Frías Magdaleno, al enriquecer, en razón a su cuantiosa fortuna, templos y casas de beneficencia de La Palma y Cuba. Recibieron importantes legados los hospitales de San Francisco, San Juan de Dios, San Lázaro, y el convento de Las Mercedes, en La Habana; las iglesias de El Salvador, Las Nieves, conventos de San Francisco y Santo Domingo, el culto de la imagen del Nazareno, en Santa Cruz de La Palma, y, en especial, el hospital de Nuestra Señora de los Dolores de esta ciudad’ (FASTOS BIOGRÁFICOS DE LA PALMA. Jaime Pérez García. 1985).

        Como público reconocimiento, según algunos biógrafos, al altruista más destacado a lo largo y ancho de la historia de la isla de La Palma, se le asignó un espacio en el interior del templo de la parroquia matriz de El Salvador de la capital insular, en donde se encuentra un gran óleo de San Cristóbal, alusivo a su persona por los altos valores humanos, obra del artista madrileño, pintor Ubaldo Bordanova Moreno (1866-1909), afincado y fallecido en Santa Cruz de La Palma, que vivió en el barrio de San Sebastián, conocido popularmente por el barrio de La Canela. Frente a la pintura observamos una lápida de mármol blanco adosada a la pared con una inscripción, que dice:

A LA MEMORIA DEL

Sr. D. CRISTÓBAL PÉREZ VOLCÁN,

INSIGNE PROTECTOR DE LOS TEMPLOS

Y CASAS DE BENEFICENCIA

DE ESTA CIUDAD.

1896.

                              Su nombre figura al pie del altar mayor de la misma iglesia y al frente de una de las calles más importantes de la localidad de su nacimiento.

        En la Sala Capitular del mismo recinto sagrado se guarda un lienzo enmarcado del homenajeado por merecimiento propio a su donación testamentaria para recordar y, al mismo tiempo, conocer y agradecer quien fue la persona que se convirtió en el mayor mecenas, sobresaliente mecenazgo de la historia a nivel social y religioso, que se difundió entre las sucesivas generaciones de feligreses, creyentes o no, compartiendo la buena noticia, partícipe del fruto surgido de lo extraordinario.

                              Por último, el excelentísimo ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma acordó rotular su nombre a una de sus calles, en la trasera parroquial. A esta vía no se le dio otro a través del tiempo, sino el de calle del hospital, porque se ubicaba por uno de los laterales de la iglesia del antiguo hospital de Dolores. Desde el siglo XVI se hacía mención a la parroquia de El Salvador. Se ha hallado un documento público como calle y cementerio de la iglesia de San Salvador, en 1556, y a partir de 1865 se le conoce con dicha denominación, que pasó a engrosar el callejero oficial. Y, el 3 de noviembre de 1894, el Consistorio tomó el acuerdo de cambiarle la designación por el de Pérez Volcán.               

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