
El gran fervor a
Nuestra Señora del Rosario por Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de dominicos o de
predicadores, a causa de una visión con que le favoreció la Santísima
Bienhechora en 1208 cuando estaba predicando contra los errores de los
albigenses que, después, sus frailes la extendieron, conjuntamente con el rezo
devocional de la piadosa práctica, entre los fieles. Han pasado siglos y, aún,
se mantiene viva la tradición evocándonos a contemplar los misterios de nuestra
Redención.

Durante la
contienda, según la transmisión testimonial, el Papa Pío V invocó la
intercesión de la Señora en la lucha naval contra el infiel y se cuenta, que
mientras rezaba la santa devoción, tuvo la premonición de la victoria de las
armadas de la Santa Liga, lo que unió indisolublemente la advocación referida a
la batalla.

Consta en la mente de los
cristianos ganar las indulgencias concedidas por prerrogativas papales en
determinadas ocasiones y esta es una de ellas:
Plenaria. Se da una vez al día al que rece una tercera parte
en el templo u oratorio público, familia y en una comunidad religiosa o
asociación piadosa.
Parciales. Por cada una de las Avemarías.
Los Pontífices
proclaman en términos generales: “El Rosario es el medio más suave y eficaz
para evitar todos los males y obtener todas las gracias”.
León XIII: “¡Es nuestro ardiente deseo que esta devoción retome por
todas partes su antiguo puesto de honor! En la ciudad y en los pueblos, en las
familias y en los lugares de trabajo, junto a las élites y entre los humildes,
sea el Rosario amado y venerado como insigne divisa de la fe cristiana y el
auxilio más eficaz para obtener la misericordia divina”. Encíclica Iucunde
Semper, 8 de septiembre de 1894.
San Pío X: “Volvamos, además, a la intercesión potentísima de la
Madre divina. Disponemos y confirmamos cuanto Nuestro Predecesor ordenó sobre
dedicar el presente mes a la Virgen Augusta, con la recitación pública, en
todas las iglesias, del Santo Rosario”. Encíclica E Supremi Apostolatus, 4 de
octubre de 1903.
Benedicto XV: “No obstante, Aquella a quien la Iglesia tiene la
costumbre de saludar como Madre de la Gracia y Madre de la Misericordia, se ha
revelado siempre como tal, sobre todo cuando se ha recurrido al Santo Rosario
y, por ello, los Romanos Pontífices no dejaron pasar ninguna ocasión de exaltar
con grandísimos elogios el Rosario de la Santísima Virgen y de enriquecerlo con
los tesoros de la Indulgencia Apostólica”. Encíclica Fausto Appetente die, 29
de junio de 1921.

Pío XII: “En vano, de hecho, se busca llevar remedio a las suertes
vacilantes de la vida civil, si la sociedad doméstica, principio y fundamento
del consorcio humano, no es diligentemente reconducida a las normas del
Evangelio. Para realizar un deber tan arduo, Nos afirmamos que la recitación
del Santo Rosario en familia es el medio más eficaz […]. No dudamos, pues, en
afirmar de nuevo públicamente que es grande la esperanza colocada por Nos en el
Rosario de Nuestra Señora, para sanar los males que afligen nuestros tiempos”. Encíclica
Ingruentium malorum, 15 de septiembre de 1951.
Juan XXIII: “El Rosario, como ejercicio de devoción cristiana entre
los fieles del rito latino […] toma su lugar, para los eclesiásticos, después
de la Santa Misa y el Breviario, y, para los seglares, después de la
participación en los Sacramentos”. Carta Apostólica Il religioso convegno, 29
de septiembre de 1961.
Pablo VI: “No dejéis de inculcar con todo cuidado la práctica del
Santo Rosario, la oración tan querida por la Virgen Madre de Dios y tan
recomendada por los Romanos Pontífices, por medio de la cual los fieles están
en condiciones de poner en práctica, de la manera más suave y eficaz, el
mandato del Divino Maestro: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; golpead
y se os abrirá” Mt 7,7. Encíclica Mense maio, 29 de abril de 1965.
Juan Pablo II: “El Rosario lentamente recitado y meditado en
familia, en comunidad y personalmente os hará penetrar poco a poco en los
sentimientos de Cristo y de su Madre, evocando todos los acontecimientos que
son la llave de nuestra salvación”. Homilía durante la Misa en Kisangani, 6 de mayo
de 1980.
Benedicto XVI: “El Rosario es una oración contemplativa y
cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la
plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a
Jesús, precedido por María”. Castelgandolfo, 5 de octubre de 2006.

- Quien me sirva rezando constantemente mi Rosario recibirá cualquier gracia que me pida.
- Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
- El Rosario será un escudo fortísimo contra el infierno, destruirá los vicios, librará de pecados y abatirá la herejía.
- El alma que se me encomiende con el Rosario no perecerá eternamente.
- El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracia, si es justo y, en todo caso, será admitido a la vida eterna.
- Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin el auxilio de la Iglesia.
- Libraré pronto del Purgatorio a las almas devotas del Rosario.
- Todo cuanto se pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
- La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la gloria.
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