Es cierto que, un litoral tan corto para una ciudad con honda tradición marítima y ligada a una
vocación marinera, tenga tendencia a transformarse para abastecer las
necesidades de una población exigente en mejorar los espacios para satisfacer
sus momentos de ocio. Sin embargo, el paso del tiempo nos muestra el ansia de
embellecer su entorno y dar a conocer lo novedoso y sensacional de su idiosincrasia
conforme a una estructura de acorde al progreso y engrandecimiento urbano.
A muchos les
encantan los nuevos proyectos, mientras que a otros con preguntas capciosas
pretenden manifestar su desencanto ocultando las opiniones contradictorias.
Tiene que reinar la cordura y el sentido común de una mejor proyección hacia un
futuro más esperanzador y con ofrecimientos concretos basados en medios reales,
puntuales y de calidad asequibles.
En los años
cincuenta se construyó la avenida marítima, que sirvió para adecentar el frente
y facilitar el tránsito rodado entre el Norte y el Sur de la Isla. Sucedió, no
cabe la menor duda, un cambio radical disfrutando siempre del olor a salitre y
a la visión de la blanca espuma de un rompiente de olas, que compone una
peculiar marina y un pregón de laboriosidad junto al océano justo en la única
bahía al resguardo de los vientos dominantes, que no tardó en poseer un pequeño
muelle con categoría única de merecer tal nombre en el Archipiélago.
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