Tenía que irse como lo hace todos los años, después de buenos
propósitos y esperanzas de ser felices en el 2016, que se presenta con el afán
de aliviarnos las penurias económicas. El deseo de amistad perdure en el
corazón como broche. Benditas fiestas que nos convierten en más altruistas
y hermanos en el amor y caridad, pero sí
acérrimos consumidores.
Es un mundo, para el que no lo viva es inimaginable, lleno de
un gran potencial. Entrañables entre las familias donde florecen la alegría de
las cenas y almuerzos. Es todo una tradición transmitida de generaciones
pasadas en el marco costumbrista de nuestra sociedad. No obstante, se han
perdido el factor sorpresa y la emoción por motivos adversos a los deseos
cristianos.
Continuarán teniendo un espacio especial en nuestras vidas
con ese acento, que le caracteriza como únicas en el calendario de las
celebraciones anuales, para sentirnos más unidos que nunca, no sólo con los
amigos y allegados, sino con los que conviven con nosotros diariamente en ese
“Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo”.

Adiós a la Navidad, compendio de villancicos, encuentros,
invitaciones y total ofrecimiento de productos propios como jamones,
langostinos, bebidas, turrones, polvorones… y a cuál de ellos más tentadores en la exquisitez y precio.
Un beso y una flor, como diría el cantante Nino Bravo, sean
los sueños perennes de paz para los niños que empiezan la vida, a los hombres
sin techo ni hogar y pueblos que sufren la guerra en cualquier lugar, condición
y momento
No hay comentarios:
Publicar un comentario