La historia de la emigración Canarias-Venezuela está llena de
un pasado de recuerdos, nostalgias y lágrimas de unas islas, que fueron
testigos de aquellas maletas de madera. Una emigración forzosa motivada por la
persecución de la dictadura y de la necesidad a nivel familiar y de cualquier
índole personal y profesional. Emigrantes canarios que llevaban de equipaje su
juventud, ilusiones… y algunos las novias o esposas en el corazón.
Quiero recordar que en la época del franquismo la inmigración
no existía, porque España era un país pobre y nadie quería venir, sumida en una
situación crítica y con crisis provenientes de los conflictos civil y mundial,
entre ese tiempo y los primeros meses de 1952, se creó el referido fenómeno,
que sí bien, en cuanto a lo no permisible, no suponía un hecho novedoso. Al
contrario los españoles marchaban huyendo del hambre y la miseria. La Palma, al
igual que las demás islas, no estuvo exenta de tal necesidad, durante muchas
décadas en la última centuria.
Cuántos se ausentaron clandestinamente de su lugar de origen
con el propósito de mejorar el bienestar social, atraído por el auge de la
nación sudamericana, que supo dar respuesta de acogimiento y solución a los
canarios y peninsulares como, también, a otros procedentes del continente
europeo, en un medio hostil, que cada vez aumentaba su prosperidad.
Actualmente, parece que esto se quiere olvidar y en muchos casos tratamos a los
inmigrantes como no queríamos, que nos trataran cuando lo éramos.
Referente a la tierra llana y próspera americana, rica y de
promisión, lo más fundamental en este caso fue, como se produjo el
desplazamiento de paisanos nuestros, entre dificultades por no tener unos
recursos idóneos para hacerlo. Se produjo de manera masiva y en gran parte, en
los determinados “barcos fantasmas”, pequeños veleros y pesqueros, que
emprendían la aventura de cruzar el Atlántico sin instrumentos náuticos
adecuados.
No todos podían satisfacer la costa del pasaje en buques, que
realizaban la ruta en dos semanas, aproximadamente, en clases económicas en
condición legal, a través de visados u otros medios autorizados por los
consulados, legalizados por la firma del Cónsul y refrendado por el sello de la
Embajada en cuestión.
Aquellos menos favorecidos tenían que recurrir a la entrada
ilegal a su llegada a los litorales marítimos, recurriendo a la detención y
amparo de personas, que los acogían en numerosos puestos de trabajo
industriales y agrícolas. La ejecución de lo convenido para el trayecto se
hacía con módicas cantidades y con sigilo para no ser detectados por la
vigilancia de la guardia civil, que impedían a toda costa la salida de dichas
embarcaciones. El aval para tal objetivo era obtenido por mediación de préstamos
a familiares y amigos con la promesa de devolverlo una vez aflorara el
bienestar en su nueva estancia y, en otros casos, se ejecutaba a través de
concesiones hipotecarias con intereses devengados hasta el momento de su
cancelación.
Se dirigían a una tierra en expansión en aquel momento,
beneficiada en los primeros periodos por un gobierno democrático, el de Rómulo
Gallegos, y proseguido con los dictadores que le sustituyen.
Centrándonos en las embarcaciones con distintas esloras y
bastante vulnerabilidad para cruzar las aguas en distancia tan larga, se
sometían precariamente a la suerte y arriesgada convivencia. Solían estar
sobrecargadas, que a veces parecían hundirse cuando se encontraban con
temporales, huracanes u otras adversidades naturales. La mayoría de ellas
cambiaban habitualmente de dueños, que, posteriormente, los rehabilitaban para
tal menester. Unas fueron compradas en la Península, siendo una de las más
renombradas la de Virginia Noya, adquirida en Galicia por Manuel Pérez
Fernández, nacido en San Andrés y Sauces (La Palma), y conocida como el “barco
del Serrano”.
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Hogar Canario. Caracas |
Parte de ellas eran motoveleros y contaban con dos palos.
Pocas arribaban con el motor funcionando, ya fuera por avería o por agotarse el
gasoil, que favorablemente se lo administraban por suerte en alta mar, efectuando
casi la mitad de la travesía usando la fuerza impulsora del viento. Los
patrones con escasos conocimientos avanzados para dar seguridad y confianza se
guiaban por propia intuición de los alisios, constantes, y la Corriente
Ecuatorial del Norte. Constituían la máxima autoridad a bordo, en quienes
recaía la responsabilidad. Junto con la tripulación podían llevar armas de
fuego y aplicar castigos si no respetaban las normas aplicadas de comportamiento
establecidas de antemano.
Se partía de diferentes sitios y se avituallaban con la
esperanza de llegar sin contratiempos a su destino indefinido. Nunca sucedía
así, ya que llegaban sin agua y alimentos suficientes, que tenían que ser
racionados con precaución o, también, fueran suministrados por otros navíos
comerciales en plan samaritano encontrados en circunstancias imprevistas.
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