Hace un tiempo que nos aficionamos a las historias de amor,
que ha despertado nuestro lado más sensible y como somos muy curiosos, resulta
que queremos saberlo todo. Deseo contar una de ella en una especie de homenaje,
porque seguimos creyendo a pesar de las decepciones, tropiezos… y porque todos
podemos vivir una inolvidable aventura.
Son tan diferentes y apasionantes, algunas tristes y otras
simplemente increíbles. Nos hemos preguntado por el origen. También, podemos juzgar
y dar una opinión, según el criterio usado en la valoración de las mismas.

¿Cómo surge la admiración entre dos personas? Unos dicen que
es una tendencia innata sin explicación y otros surgieren que es el azar. Hay
quien piensa que proviene por el formato sociocultural en el que hemos sido
educados y los más piensan en procesos químicos de nuestro organismo.

“El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”, como decía
Hemingway en su obra “El viejo y el mar”. Puede borrar para siempre la vida y
el motor que en último término le da sentido. Así le sucedió a la joven
oriental, cuando José María Quero, murió ahogado en un inexplicable accidente de submarinismo,
reinando las bonanzas en las azules aguas del océano Atlántico y la fuerza del
mar perdía su furia por las llamadas calmas de los azotes constantes de los
vientos alisios.
Sin duda, la presencia de aquellos felices prometidos con
cierto aire exótico por las calles de una ciudad tranquila y coqueta, en medio
del quehacer cotidiano, no pasó desapercibido a la sociedad local.
Su personalidad agradable empezó a cambiar de inmediato y a
convertirse en una situación triste e insegura, que pronto demostró una pasión
por cambiar radicalmente y asumir un estado depresivo de una intensidad
insospechada. El cabello se convirtió en blanco cenizo y los ojos perdieron su
brillo habitual. No resistió la tentación de regresar a su país abatida por el
dolor de una pérdida irreparable e insustituible en el contexto de su
existencia mortal, predestinado a un destino fatal marcado por las líneas
convergentes, que señalaba sin confusión las Islas Canarias, África (El Aaiún)
y el continente asiático, con el inevitable cruce del Sáhara, antigua colonia
española, y La Palma, como si se tratara de un digno cuento predestinado a
señalar una línea divisoria en la trayectoria literaria de la autora.
En su país trabajó como profesora universitaria. Atravesaba
un momento difícil, de delicada decisión por su estado de salud, complicado en
el desarrollo vital de su continuidad material bajo los auspicios de un cuadro
clínico severo, que le llevó a un posible suicidio en 1991.
Aquel dolor hirió tanto el corazón a un ser tan vulnerable a
los avatares y designios divinos, que no resistió a encajar la pérdida de la
pieza fundamental del puzle anhelado y construido desde la plenitud de su
juventud, cuando no se comprende y disfruta más allá de los límites de la unión
y separación.
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