Como es tradición, cada madrugada del 8 de septiembre, el
diablo, singular figura infernal y simbólica de leyendas alusivas a tal
personaje maligno, volvió a bailar entre miles de congregantes en la plaza de
Nuestra Señora de Candelaria del pueblo de Tijarafe, situado en el occidente
palmero, y sentir de cerca al señor de los ardores, entre el resplandor y
estruendo de la pirotecnia, como consta en la letra de la conocida canción,
amenizando su aparición.
Fanfarria y abundancia de alegría formaron parte de un número
único en las fiestas anuales en honor de la Virgen, que hace alarde al triunfo
del bien sobre el mal. Alegoría con un cierto sentido mitológico de la vieja
creencia de vencedores y vencidos, poderes sobre los aguerridos humanos,
manifestaciones ancestrales…

En el entorno de celebración del noveno mes del año, deseo
que el entusiasmo desbordante frente a los múltiples problemas se transforme el
tiempo venidero mejor, llene a toda la buena gente de este municipio y, sobre
todo, a su juventud, animándola a que florezca de nuevo en ellos la ilusión por
educarse de forma integral.
Apuesto decididamente por la cultura, pero me resisto a dejar
atrás tanta historia, vivencias, tradiciones, hechos y anécdotas. Por ello
reivindico recordar el antaño y, aprendiendo de él, mejorar nuestro presente y
futuro.
Permítanme que se los diga, no podemos olvidar que el centro
de la efeméride es, precisamente, la aludida danza, que representa sacrificio,
identidad y muchas cosas más. Supone un valor añadido, que enriquece nuestro
patrimonio y beneficia a las venideras generaciones.
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