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50 años del accidente. Reconocimiento |
Un mérito extraordinario sería reconocer el hecho de hacer el
bien y ofrecer un momento de nuestra vida, ayudando a los demás como es el
comentario de lo acaecido el lunes, 16 de septiembre de 1966, frente a la costa
de El Sauzal (Tenerife). Comenzó accidentalmente en una mañana, temprano, de
rutinaria complejidad en el ejercicio cotidiano de seguridad y vigilancia
aeroportuaria. Se avecinaban días que iban a ser tensos, dramáticos, incluso de
pánico, en la población. El mundo giraba entonces a velocidad muy diferente. La
sociedad discurría a otro ritmo, que resultaría hoy incomprensible. Eran muy
desiguales la lentitud y las urgencias, lo mismo que las incertidumbres y el
temor, que desconcertaban y acongojaban, pero no como ahora.
Fue en aquel entonces, lejano, pero no olvidado, cuando se
dio el aviso de alarma de un accidente aéreo próximo al aeropuerto de los
Rodeos, protagonizado por un avión comercial DC3 con destino a La Palma de la
compañía Spantax, que cubría normalmente dicha ruta, de ida y vuelta a su punto
de origen, antes mencionado. Por circunstancias adversas a su inesperado viaje
tuvo que realizar un amerizaje forzoso, utilizando la proximidad de seis barcos
de pesca artesanal, cuyos pescadores faenaban en dichas aguas.
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Aeródromo de Buenavista. Izquierda |
Los mismos habiéndose percatado de la emergencia acudieron
prestos a socorrer a los ocupantes del aparato siniestrado, con riesgo de
producirse una catástrofe no previsible y por supuesto, posiblemente, volcar
sus frágiles embarcaciones, empeorando la situación personal de todos los
implicados en tal caótica situación. El rescate se hizo con tan buena fortuna
que se salvaron veinticuatro pasajeros de los veinticinco en lista y, también,
la tripulación al completo, destacando la pericia del comandante, que fue
elogiada por todos los medios de comunicación a nivel nacional e internacional.
Sólo, uno falleció, lamentándose el fatal desenlace.
La historia nunca dice adiós. Lo que corrobora siempre es un
hasta luego. Cada día se patentiza un renacer a la esperanza de hacer resurgir
la memoria vivida. A ella ralentizamos la imposición de la Medalla de Oro al
Mérito Extraordinario, máximo distintivo concedido por el consistorio municipal
norteño, a los protagonistas de Acentejo. El alcalde reconoce el merecido
elogio y que debió llegar “mucho antes”, pero recalcó que “nunca es tarde si la
dicha es buena” y se alegra de “saldar por fin una deuda histórica”.
A continuación hacemos mención a anécdotas contadas por los
mismos héroes condecorados:
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Paraje de El Sauzal. Donde amerizó |
Juan Ravelo García evocaba que el impacto “sonó como
una bomba”. Cuando llegaron, en lo primero que se fijó fue en una niña que
decía “recójame, que aquí no tengo a nadie”. La rescataron, junto a un hombre y
una mujer. Otras dos que no cabían, se agarraron a la borda.
Fue rápido el auxilio prestado y no fácil, porque la gente
estaba asustada y no resultaba sencillo izarlos. El difunto, que se cree fue
presa de un ataque de horror, era juez de paz de La Victoria. Agustín Ravelo García tiene esa imagen
grabada en su mente, le suplicaba “tírese, tírese… pero estaba paralizado y se
hundió agarrado a la puerta”.
Domingo Ravelo destaca la suerte de un matrimonio
con un bebé, “se subieron directamente y ni se mojaron los pies”. Una vez en tierra
atendieron a los supervivientes. Les dieron café, coñac y ropa seca. Unos
fueron evacuados en helicóptero y otros lo hicieron por sus propios medios de
locomoción. Hasta 2013 no volvieron a ver a ninguno de los que salvaron.
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