Transcurría el año 1949, cuando ya había sido la erupción de
San Juan y la visita del Generalísimo a esta isla, siendo notable la emigración
de Canarias a Venezuela. Los palmeros escribieron entonces una página en la
historia de la migración con tinte satisfactorio para muchos en saciar el ansia
de cubrir las necesidades económicas de cualquier hombre o mujer, favoreciendo
a la familia dejada en el terruño en espera de un sustento mejor. Muchos usaban
la clandestinidad en embarcaciones a vela o motor hasta llegar al destino
preferido, que experimentó un alza considerable.
Las condiciones de esta emigración dejaba mucho que desear,
porque se empleaban barcos de pesca artesanal con mucho tiempo de
funcionamiento e incapaces de operar con las mínimas garantías en alta mar.
Sólo, se apoyaban en la posición del archipiélago y acción de los alisios, siendo su gran
carencia la incertidumbre de recalar en algún punto de la deseada costa
americana.
También apuntamos, sin lugar a duda, por la carestía del
pasaje legal con la tramitación burocrática de los papeles, complicados y dificultosos a la clase no pudiente, que
afrontaban sangrantes intereses a un 100% y préstamos con hipotecas a cargo de
propiedades y otros enseres no específicos. Por supuesto, que constituían
requisitos, casi siempre, insalvables.
Mis padres, Domingo y Trinidad, fueron unos de tantos,
llevándome con ellos por mi corta edad, se aventuraron a realizar el viaje
hacia la esperanza, que nunca se hizo por circunstancias adversas. Desfavorable
a los sueños de paisanos ilusionados de ir a la tierra prometida, donde los
ríos manaban miel y leche, como indica la santa Biblia, reflejado en el posible
trabajo bien remunerado.
Capítulo aparte son los recuerdos que asaltan a mi mente,
sintiendo la fría mañana refugiados en una cueva a orillas del reflujo de las
olas del mar, en la costa de la Villa de San Andrés, noreste de La Palma,
estando recostado en el regazo de mi madre, oía el silbido de las balas, que la
Guardia Civil disparaban al aire por motivos de amedrentamiento de una travesía
frustrada. A continuación fueron llevados hacia Los Sauces, uno detrás del
otro, como si se tratara de una secuencia de un peliculón americano de
mercenarios romanos, a declarar ante el juez comarcal los pormenores del hecho
abortado. Yo fui llevado a casa de mi familia saucera, puesto que mi madre era
natural de ese lugar. Así no cabe la más mínima duda, de que en potencia,
verídica y real, me convirtiera en un emigrante
ilegal (sin papeles), aunque haya sido de forma inconsciente e involuntaria. Por los setenta de la
pasada centuria, siendo profesor en el pueblo de Barlovento, pago de La Cadena
y frente a Oropesa, poseía una admirable amistad con mi amigo Moisés, vecino y
tertuliano con gran capacidad de acción. Un día a sola compartíamos un momento
de los muchos habidos, con lágrimas en los ojos, me contó su decisión tomada en
hacer una maleta de madera y embarcarse rumbo a la llamada hoy República
Bolivariana, más mal que bien, algunas veces, se abrió camino en ese
desconocido entorno con la intención de volver a donde partió con riesgo y
arraigo personal.

Con la nueva legislación se abre a partir de 1951 una etapa
distinta de la emigración canaria. La subida al poder de Marcos Pérez Jiménez
florece una potenciación hasta su derrocamiento en 1958, que reducirá al mínimo
las barreras que obstaculizaban a la misma.
La economía en nuestras islas mejoró en la década de los
cincuenta con respecto a la grave penuria experimentada en los cuarenta. La
tierra de la aventura americana, a pesar de lo dicho, se convirtió en un país
en expansión, rico en expectativas, con una moneda cotizada, con posibilidades
de trabajo y remuneración en alto nivel. La ida en ocasiones se trazaba con un
objetivo de permanencia definitiva, pero al cabo del tiempo se convirtió de
vuelta, a camino entre la nostalgia por la tierra natal y las ventajas que
proporcionaba un cambio favorable, favorece las comunicaciones, los
intercambios, el volver con unas intenciones y cambiarlas, contraer un
matrimonio en las islas y decidir su regreso, se tradujo en un modelo a seguir,
de visitas periódicas a la tierra de origen.
El aumento de la inseguridad y agravamiento de la crisis, que
se asemeja a un callejón sin salida, ha conducido a sectores de las clases
media y baja isleñas a retornar a su tierra, aunque desde esa perspectiva son
generalmente sus hijos los que en mayor número lo hacen, acogiéndose a las
ventajas para la repatriación que les ofrecen los gobiernos español y canario.
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