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Cruces. Conmemoración |
La conmemoración de los fieles difuntos el 2 de noviembre,
comienzo de un mes trascendental para la fe cristiana por la veneración de los
seres queridos, que han partido a la eternidad, evoca la esencia de la
naturaleza que es vulnerable a las leyes y principios categóricos de la materia, y las visitas a los cementerios acompañadas de ofrendas florales,
misas y oraciones por los familiares, amigos…
La liturgia es realista, es concreta. Nos enmarca en las tres
dimensiones de la vida: pasado, futuro y presente. Un día para recordar a
quienes caminaron antes que nosotros, a los que nos han acompañado. Es una
jornada de memoria, que nos lleva a las raíces. Nos espera un cielo y una
tierra nueva, la ciudad santa de Jerusalén. El camino que debemos recorrer. Son
las bienaventuranzas y luces que nos acompañan para no equivocarnos de senda.
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Misterio. Eternidad |
Es formidable observar lo engalanado que están los
cementerios en el undécimo mes del calendario gregoriano en todo el orbe. Las
flores nos hacen pensar en la muerte, como la esperanza de alcanzar el tránsito
a lo desconocido y esperado.
Para dar punto final a lo relatado como reflexión, plasmo en
estas últimas líneas el soneto siguiente:
-Mis ojos se oscurecen paso a paso/al mirar la penumbra de
los días/y suenan en tus labios melodías/al quebrarse mi vida poco a poco./¡No
es menester, Señor, que Tú tampoco/te entregues a la muerte en este día/cuando
noviembre nos trae la alegría/al recordar a los nuestros, que siempre,/por
siempre se marcharon de este mundo!/Sembraron el amor y la amistad/y siguieron
los ideales profundos/de la verdad y olor de santidad./Cuando vivo en comunión,
yo difundo/el ansia a conseguir la eternidad.
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