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Aurelio Carmona |
Traer a la memoria algún hecho relevante, como la
conmemoración del primer centenario de las muertes de Aurelio Carmona López
(1826-1901) y de Antonio Rodríguez López (1836-1901), primos hermanos, no es
sumergirnos en nostalgia ni sentirnos esclavos de la añoranza, sino rememorar
aquellas viejas glorias que han dejado huellas en el acontecer anterior. Tuve ante
mí el catálogo de la exposición hecha por tal motivo anteriormente aludido, del
4 al 25 de junio de 2001 en la Casa Principal de Salazar de Santa Cruz de La
Palma. Ese bello manifiesto y su logrado contenido por eminentes
plumas palmeras, obligan a mi
imaginación a viajar por un pasado prolífero en el arte y desarrollo
socioeconómico de un pueblo, que supo florecer con gran esplendor, aunque con
escasez de medios, como lo hace una flor en primavera, un faro en la oscuridad,
un lucero en la inmensidad del firmamento...
El evento fue un motivo para homenajear a dos grandes
hombres, que representaron el auge de medio siglo, correspondiente a una
centuria con carisma en la vida normal de cada día del isleño. Se abrieron las
puertas, cerradas durante muchos años, al conocimiento intelectual en la
evolución habida después de mostrar sus inquietudes determinados eruditos,
contribuyendo así al engrandecimiento de una cultura.
No se trata de conocer sus obras más significativas, sino de
descubrir la influencia que tuvieron en el presente que les tocó vivir. La revalorización
pertinente de la época anterior a la vivida por dichos homenajeados es notable
como fuente de inspiración, que influyó posteriormente sobre los estudios
hechos.
Me tracé en esa tan solemne ocasión un objetivo, considerar en ellos, Aurelio Carmona y Antonio Rodríguez, la importancia de unos rasgos personales como si fueran las dovelas que sostienen la gran bóveda del movimiento artístico del siglo XIX en La Palma. Dedicaron su talento en dar forma como maestros de un estilo distinto, entrelazando lo tradicional y popular con la fantasía lírica, algunas veces un poco olvidada por muchos. Con gran satisfacción leí en la prensa matutina las referencias al éxito habido de dicho acontecimiento sensacional y único, que transcurrió en múltiples y sencillos actos culturales. Con el perfil de ambos honrados podemos tener una nueva forma de mirar hoy la realidad, continuando hacia un futuro distinto. Hay que resaltar, que sigue existiendo en el pensamiento de otros, representando una edad de la lírica, imaginería… creativa y revolucionaria, ligeras reminiscencias de mostrar un ayer pletórico. Simplemente, cargada de autoridad autodidacta por la pasión y pensar profundo de los personajes en pro de compartir el destino de su pueblo. Finalizo con la reflexión siguiente: “La originalidad de un pueblo se determina, pues, principalmente, en virtud de dos elementos esenciales, a saber: la continuidad de la tradición en cada momento de su historia y la firmeza para mantener la vocación que la inspira y hacerla efectiva en el organismo de la sociedad humana”.
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Antonio Rodríguez |
Me tracé en esa tan solemne ocasión un objetivo, considerar en ellos, Aurelio Carmona y Antonio Rodríguez, la importancia de unos rasgos personales como si fueran las dovelas que sostienen la gran bóveda del movimiento artístico del siglo XIX en La Palma. Dedicaron su talento en dar forma como maestros de un estilo distinto, entrelazando lo tradicional y popular con la fantasía lírica, algunas veces un poco olvidada por muchos. Con gran satisfacción leí en la prensa matutina las referencias al éxito habido de dicho acontecimiento sensacional y único, que transcurrió en múltiples y sencillos actos culturales. Con el perfil de ambos honrados podemos tener una nueva forma de mirar hoy la realidad, continuando hacia un futuro distinto. Hay que resaltar, que sigue existiendo en el pensamiento de otros, representando una edad de la lírica, imaginería… creativa y revolucionaria, ligeras reminiscencias de mostrar un ayer pletórico. Simplemente, cargada de autoridad autodidacta por la pasión y pensar profundo de los personajes en pro de compartir el destino de su pueblo. Finalizo con la reflexión siguiente: “La originalidad de un pueblo se determina, pues, principalmente, en virtud de dos elementos esenciales, a saber: la continuidad de la tradición en cada momento de su historia y la firmeza para mantener la vocación que la inspira y hacerla efectiva en el organismo de la sociedad humana”.
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