PLAZA DE ESPAÑA: Considerada por la crítica como el mejor conjunto de
estilo renacentista de Canarias, ha funcionado a lo largo de la historia en su
doble uso como plaza mayor, destinada a la celebración de muchos actos civiles
y eventos populares como actuaciones musicales, la Agrupación Folclórica
Tajadre, pregones de las Fiestas de Mayo y Navidad, Los Indianos…, y como atrio
de la parroquia Matriz, ubicada en el centro de ese trazado urbano de origen
portugués, donde la Iglesia concentró toda su programación festiva: Bajada de
la Virgen Nuestra Señora de Las Nieves, fiesta lustral; Invención de la Santa
Cruz, Patrona de la ciudad, capital insular; Corpus Christi; Semana Santa;
Ciclo navideño…
Abierta desde su comienzo a la calle Real, cuenta con varios
inmuebles de interés como la casa Monteverde construida por Pablo Monteverde,
después de 1618 y reformada entre 1922 y 1935 por el arquitecto Pelayo López
Martín Romero; La casa Lorenzo de fachada clasicista con fábrica del siglo
XVIII y remodelada en 1900; La fuente pública edificada en 1588; la torre
campanario del templo, cuya construcción data de principios del XVI; la casa
Massieu con frente del XVIII y reconstruida en su interior como sede de
CajaCanarias, que un incendio devoró sus entrañas en la noche del sábado, 6 de
enero de 1990, Festividad de los Reyes Magos de Oriente, que estuvo a punto de
quemar la zona neurálgica de Santa Cruz de La Palma, y habiendo ocurrido tal
fatídico hecho en tiempo atrás con semejante resultado; la casa Pereyra
levantada en su estado actual por Miguel Pereyra en 1864 y las Casas
Consistoriales, cuya edificación se dilató desde 1559 hasta 1587. El punto medio
de la misma lo preside el Monumento al Padre Manuel Díaz Hernández (1774-1863),
figura clave de la política, la educación, la cultura y la beneficencia palmera
durante la primera mitad del XIX.

Las presentes líneas sean un humilde elogio a quien es grande
en el corazón de un pueblo sencillo que progresa lentamente y con paso firme
para mostrar al mundo entero lo mejor de su patrimonio cultural, que forja ese
perfil humano captado por la gente.
¿Quién es el Cura Díaz? Un sacerdote distinguido en las
artes, destacando en la pintura, música, escultura, educación, beneficencia y
otros menesteres, que dejó una estela imborrable. Fue el símbolo del movimiento
liberal isleño. Ha pasado a la historia de La Palma como una figura
excepcional, ejerciendo gran influencia en la sociedad del XIX. Se le
considera, al analizar su personalidad, sujeto de pensamiento muy evolucionado
para su época.
Fue beneficiado del templo mencionado por nombramiento del
rey Carlos IV en virtud de Real Cédula expedida en El Escorial, el 28 de
noviembre de 1799, destino del que se posesionó el 22 de agosto de 1800, siendo
el principal promotor de la actual estructura neoclásica del recinto Matriz.

Con la colocación de la estatua a su memoria, la primera de
condición civil erigida en las islas, el domingo, 18 de abril de 1897, a propuesta
de José María García Carrillo (1827-1898) y aprobada por unanimidad por la
corporación municipal, culminaron las reformas, cuyos planos fueron diseñados
en 1885 por el constructor naval Sebastián Arozena Lemos (1823-1900), que
consistieron en darle horizontalidad, manteniendo el trazado triangular, que
aún conserva, y acabando la escalinata de acceso al atrio de la iglesia para
fortalecer su situación en el espacio y entorno ante los conjuntos emblemáticos
más importantes del archipiélago, convergen las esferas representativas del
poder político, religioso y alta burguesía: Ayuntamiento, Iglesia y las casonas
de Pinto, Massieu, Pereyra, Monteverde y Lorenzo.
Su efigie en bronce, del catalán Josep Montserrat i Portella
(1864-1923), encargada a la fundición de Federico Masriera y Campins en
Barcelona, puesta en dicha plaza, conocida en ese entonces por La Constitución,
está sobre un pedestal de mampostería de tronco piramidal. Se presentaron para
su construcción tres diseños, dos de ellos por la mencionada fábrica y el
tercero, obra del artista madrileño afincado en el barrio de San Sebastián,
Ubaldo Bordanova Moreno (1866-1909) que fue elegido, aunque se prescindió de la
bella reja de hierro forjado que rodeaba la base.

Adornado con motivos florales en las dos caras laterales
opuestas y en la principal o de delante presenta una lápida de mármol blanco
con signos alegóricos como una lira, cáliz, paleta, palma del martirio, laurel
y pergamino con partituras alusivas al magisterio eclesiástico y a las cualidades
artísticas y humanas del homenajeado. En ella se lee: “A DÍAZ SU PATRIA. 1894”.
En la parte posterior, se halla el pelícano con sus crías y debajo una placa de
material marmóreo, con lectura latina, que dice: “Quidecus et splendor, sacrati
ad limina templi Occubuit, zeli víctima facta sui. MDCCCLXIII”. Es lo mismo que
figura en el retrato, óleo sobre lienzo, en su extremo inferior, que hay en la
sala capitular, habitáculo contiguo a la sacristía, qué traducido al
castellano, dice así: “Que honor y esplendor, cayó muerto en los umbrales del
sagrado templo, víctima de su celo. 1863”.
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Fue el principal promotor de la actual estructura neoclásica
de El Salvador, para cuya reforma contó con la estimable ayuda y conocimientos
arquitectónicos de su amigo y colaborador José Joaquín Martín de Justa
(1784-1842). En la renovación interior, iniciada en torno a 1813, se comenzó
por las capillas laterales y más tarde, hacia 1818-1891, por las de la
cabecera. A Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina (1806-1857), sevillano de
origen y muerto en Madrid, pintor de cámara de la reina Isabel II, le encargó
el cuadro de La Transfiguración, lienzo de cálidas tonalidades, adherido en
1840 en la pared del altar mayor, firmado en la capital de España en 1837, cuyo
autor lo presentó a la Exposición de la Academia de Bellas Artes del referente
año. Se le deben todas las pinturas de jaspes, cortinajes y la invención de la
ingeniosa y teatral maquinaria que acciona el tabernáculo. En la realización de
lo primero tuvo el apoyo de su sobrino Aurelio Carmona López (1826-1901), y
primos, los clérigos José María Carmona (1790-1850) y Francisco Morales. La
segunda obra fue puesta el día del santo titular de 1841 cuidadosamente
meditada y asesorada por él, siguiendo un diseño de origen madrileño en 1820. A
su conocido Sebastián Remedios y Pintado le recomendó varias razones sobre la
colocación, elegancia y composición (madera, pasta o cartón) de los dos
angelitos dispuestos para recoger las cortinas del pabellón. Con los otros de
mayor tamaño del imaginero orotavense Fernando Estévez del Sacramento
(1788-1854), llamados turiferarios, a ambos lados, en una composición realmente
notable, se acciona el expositor descubriendo la custodia con el Santísimo
Sacramento en la mejor tradición de la escenografía barroca y calderoniana.

En el perímetro exterior, que el público abarrotaba, se
levantaban monumentales entarimados o templetes, en principio debajo de la
torre y pasado los años se hacen delante de la fuente para escenificar el
apoteósico recibimiento de la Virgen de Las Nieves por sus Bajadas, haciendo
realidad la Loa, Canto mariano para gloria de la Madre, en su esperada
estancia.
Sin lugar a dudas, la llegada de la venerada imagen al atrio
es uno de los momentos más emotivos de las fiestas. Así como nos lo describe un
ilustre paisano esos momentos previos: “La Virgen entra lenta,
dificultosamente, rompiendo, destrozando incruente, amorosamente, la muralla
humana de cuerpos, almas y corazones que esperan, anhelantes e impacientes, a
la Reina del Monte”.
La fabulosa urna de oro y cristal asciende majestuosamente
los once escalones de la elegante escalinata, en esos instantes cargados de
emoción y añoranza. Entonces, se hace el silencio. Acuden las lágrimas, los
recuerdos, las nostalgias, las oraciones… Las campanas tañen, los voladores
explotan estrepitosamente, la música suena, los vítores y aplausos cruzan el
aire…, hasta las palomas callan… La Virgen escucha la Loa.
En su pavimento se recrean los pasos de la Danza de los
Enanos, ante su Virgen morena, rindiéndole pleitesía y de ahí hasta la brisa
marina, suave y soñolienta de la primera luna llena de primavera de un
Miércoles Santo con el “Punto en la Plaza” y a una Semana de Pasión, que
culmina con la Procesión Magna del Santo Entierro, llena de recogimiento y
fervor de aclamar el “Aleluya”.
Los restos del presbítero están al comienzo del presbiterio
del sagrado recinto parroquial, bajo una losa de mármol blanco con la
inscripción siguiente: “Aquí aguardan la Resurrección en la que creyó y esperó
los restos del insigne presbítero Rvdo. Sr. don Manuel Díaz Hernández, párroco
de El Salvador, trasladados a este templo el 28 de agosto de 2008. Nació y
murió en esta ciudad el 9 de mayo de 1774 y el 5 de abril de 1863,
respectivamente”.
El Diario de Avisos (da
), decano de la prensa de
Canarias, fundado en Santa Cruz de La Palma en 1890, se hizo eco del traslado
de los restos con dos meses de antelación y el titular: “El Señor Díaz
regresará a su hogar”, dando su buena acogida por la población palmera:
“Unanimidad en el respaldo y satisfacción social son las reacciones captadas
por la iniciativa, históricamente demandada, del párroco anterior, Manuel R.
Lorenzo Rodríguez, para trasladar los restos del también párroco y símbolo del
liberalismo palmero Manuel Díaz Hernández, conocido como Señor Díaz hasta el
templo del que fue beneficiario y de donde nunca debió haber salido”.
“Trasladar los restos del sacerdote Manuel Díaz, imagen del liberalismo palmero
y del mítico Siglo de Oro insular bautizado así por Juan Régulo Pérez
(1914-1993), desde el cementerio municipal de Santa Cruz de La Palma al templo
de El Salvador, es una decisión loable como reconocimiento a la labor
sociocultural y política de este sacerdote que supo leer los signos de los
tiempos”.
Y, por último, hacemos alusión a la jornada del jueves, 28 de
agosto de 2008, en la que el articulista Víctor J. Hernández Correa, lo mismo
que en las anteriores referencias David Sanz, titula en el mismo periódico:
“Sacerdote de un siglo caótico, el padre Manuel Díaz” y comienza: “El traslado
esta tarde de los restos mortales del padre Manuel Díaz Hernández (1774-1863) desde
el cementerio de Santa Cruz de La Palma hasta la iglesia de El Salvador resulta
apropiado para el recuerdo de lo que significó tan alta personalidad en el
ámbito sociopolítico de principios del siglo XIX, en el terreno artístico y en
el adelanto cultural y religioso de La Palma, que le tocó vivir”.
FUENTE
CONSULTADA: - El
Bernegal. Blog. Domingo Cabrera Pérez.
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