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Iglesia de la Inmaculada Concepción. Santa Cruz de Tenerife |
En aquel lejano viernes, 31 de diciembre de 1999, el
periódico EL DÍA publicaba un trabajo mío sobre la jornada de la Inmaculada
Concepción, 8 del referido mes y año, coincidiendo con la Clausura del 5º
Centenario (1499-1999) de la Fundación de la Parroquia Matriz de Nuestra Señora
de la misma advocación, de Santa Cruz de Tenerife. Entonces, en esa ocasión tan
propicia se procedió a la Coronación Canónica de la imagen titular y Patrona
del mencionado sagrado solar y sitio de la Fundación por Alonso Fernández de
Lugo (1456-1525), 3 de mayo de 1494, de dicha ciudad, por el Rvdo. Sr. don Felipe
Fernández García (1935-2012), obispo de la diócesis Nivariense de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife). La voz se calla y el silencio se apodera de tal circunstancia
para pensar en tan sublime momento. Cuando la corona besaba las sienes de la
venerada imagen de la Virgen, obra del imaginero orotavense Fernando Estévez
del Sacramento y Sala (1788-1854), al unísono la mudez del templo fue rota por
los prolongados y anhelados aplausos. En tal ocasión, presentí que mi corazón
hablara y se colmara de un mágico sentimiento de amor y de exaltación a la
Madre. A pesar de que la emoción acechara las posibles lágrimas que asomaran a
mis ojos, no dejé en ningún momento de clamar por el nombre de María y de
contemplar su bello rostro, que una vez coronada, lo era mucho más hermoso.
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Imagen de la Virgen |
Oscurecida la tarde, una vez que la luz cerrara la puerta del
crepúsculo, el paso procesional salió a las calles conservando un marcado
compás y trató de armonizar los lentos pasos de los fieles con la tradición más
ancestral del viejo sector. Aparecían las sombras y palpaba el ciego perfil de
los rincones donde aún sobrevive un fragmento de la mística unión entre el ayer
y el hoy. Pude descifrar que grande era ser testigo del testimonio, que
no he podido transcribir. Las nubes se agolpaban en el techo gris del aire, en
medio de la noche, como una huella del amor que grabé en mi memoria para un
futuro sobre la fe, que nos lleva e reconocer el transcurrir de los días. Comprendo que corto fue el tiempo para aprender a
asimilar lo sucedido, sin el testimonio transmitido. La palidez del cielo y el
espacio ávido me hicieron mirar a los demás con más alegría. De pronto el
viento se calmó y el silencio se adueñó del ambiente para que nos llegara el
susurro de las campanas: “Tu cabeza fue
ceñida/con una excelsa corona/y con alas desde el Cielo/volaron dones de gloria./Despojada del pecado,/en tu corazón supiste/darnos un nido de amor,/eterna y dulce mansión”.
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