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domingo, 15 de febrero de 2026

UN BAÚL Y UNA SONRISA (LOS INDIANOS)

        ¿Qué harías si te percataras un día de que el destino ha estado persiguiéndote, o te ha jugado una mala pasada, para que escribieras sobre un misterio del pasado del que eres parte sin saberlo? Vieras con otros ojos lo que ha evolucionado al paso del tiempo, que tu vida lo ha hecho, año tras año, siempre en fecha festiva de Carnaval. Me refiero al Lunes de Carnaval en Santa Cruz de La Palma, en donde se ha recibido en herencia una joya muy valiosa. Cualquier palmero te diría: ‘Los Indianos’.

                              La capital muestra todas las incomodidades de una ciudad antigua, pero sí, también, la belleza silenciosa y escalonada de sus casas, palacios, caserones, y de las muchas iglesias como en anfiteatro que ayuda a conectar con los espíritus de los primeros fundadores, que le permite revivir la época en la que llegaban los grandes veleros cargados de personas y mercancías de Europa hacia América y viceversa. Hubo un momento en que aquel muelle de la isla diminuta se convertía en punto de encuentro de las grandes rutas marítimas. Los hombres viajaban con sus creencias, sus ideas, la fe y por supuesto con sus obras de arte. De un lado, joyería americana desde el Nuevo Mundo y, del otro, pintura y escultura religiosa desde el Viejo Continente. Todo llegaba a la isla atlántica.

                              Si dejo volar mi imaginación de toda esa inquietud artística surgida de la representación de los hechos, de los deseos y de lo inacabado del hombre en general se encuentra ahora, más de cinco siglos, allí mismo en las casas, en las iglesias y en los museos isleños.

        Allá, en tiempos inmemoriales, surcó las azules aguas una nave hasta llegar a la otra orilla, un vergel de belleza sin par, colmado de promesas. El paraíso de ‘Las Hespérides’ quedaba en el margen opuesto a las ilusiones concebidas en el seno de una familia. Un hogar vacío sin el aliento renovador. Donde los días pasan lentamente, uno tras otro, sin que nadie intente poner solución.

                              La miel de la buena fortuna endulza los labios de todos con las primeras noticias llegadas desde muy lejos. El sol se oculta y la luna se esconde tras las densas nubes turbulentas con la nitidez del cielo oscuro en la noche serena de víspera. Al día siguiente un pescante descarga un baúl cerrado con candados y sogas. Lleno de rótulos y señas de destino y sus dueños se apoderan de él.

                              Guarda la sorpresa inesperada, sonríe al loro encerrado en la jaula, que lleva la simpática mulatita de gracioso contorneo. Detrás el señor de pelos canos y arremolinados con guayabera, sombrero y un habano entre los dedos de su mano derecha y al lado la señora de la sombrilla junto a un par de pequeñines.

                              Regresa lo mejor de los enigmas, misterios e historias, afrontando con gran entusiasmo el reto a una cita con identidad propia, capaz de atrapar la curiosidad de arrancarnos una expresión de genuino asombro.

    Vuelve con los extraños destellos encerrados en viejos sentimientos arraigados en costumbres no olvidadas, aunque el tiempo se ha hecho esperar. Se resiste a desentrañar sus vísceras. La calma reina con el paso de las horas y el latir del corazón acompasado al mismo ritmo del tic-tac del péndulo en la pared del fondo de la pequeña sala, junto a la vieja gramola y a los retratos de los difuntos abuelos amarillentos y en alguna esquina carcomidos por las polillas.

                              De pronto, renace en los rostros una alegría incontenible, manifestada en reflejos del pasado inmediato por mucho tiempo transcurrido. Espejo de la ausencia en tierra hermana no divisada por el horizonte preñado de interrogantes. Se rompen las amarras de la nostalgia y se añora lo perdido presente en las ataduras familiares. Preguntas hinchadas de resquemor y fantasías invaden el ayer pletórico y un hoy incongruente en medio de afectos.

                               Las huertas y aquella casa formando parte del Edén soñado y los sueños tantas veces repetidos entrelazados en una almohada se arrullan como la placidez de nenúfares desde décadas desempolvadas por el esfuerzo de retornar a la pequeña patria, en donde el contorno se dibuja con blancas espumas, que en aquel día retuvo en la retina de la volcánica arena la partida hacia un mundo desconocido en busca de mejor sustento.

         El reencuentro y abrazo hermano abre la puerta de la esperanza a un nuevo comienzo consolidado con la amistad y el cariño de todos. Surgen las miradas hacia el porvenir de renacer a la vida. Sentir el calor y la bondad de la tierra, que nos vio nacer, crecer y hacernos adultos en lo material y espiritual con personalidad única como sello de identidad. La fuerza del terruño nos moldea por dentro y nos proyecta a distinguirnos del resto del universo.

                              Nacen del fuego de los volcanes, que pasado muchos siglos supieron labrar en los surcos de la madre naturaleza el carácter bravo y anhelado en el corazón por la lucha de conquistar, de no rendirse a las adversidades y ser sabios en el conocimiento de fenómenos atmosféricos y ser hombre precavido para mejorar las condiciones de infraestructura. El trabajo duro se convierte en el instrumento necesario para sobrevivir y alcanzar la libertad. Tarde o temprano es afable y comparte la necesidad de la ayuda mutua para sacar mayor rendimiento de los medios a su alcance.

                              La humedad de la brisa, la cercanía del monte, el salitre del mar y los profundos barrancos proyectan una sensacional idea del indiano, refiriéndonos a los retornados de Cuba. Pocos fueron los afortunados, el de volver ricos y hacendados. Una vez aquí tenían que demostrar de cualquier forma que le había ido bien en ultramar con un reloj de oro, un coche de grandes dimensiones y una magnífica mansión digna de su riqueza adquirida en varios años.

     En circunstancias nada halagüeñas permiten recobrar la memoria y trasladarnos de un lugar a otro, disfrutando del transcurrir vespertino de la pura existencia, historia y etapas en las que buscábamos ayudas para mitigar el ir y venir, ser y estar, luchar, conocer y descubrir, reconociendo el ser conscientes de lo que somos y vivimos. Verdadera realidad del emigrante, arriesgado compromiso ante una sociedad de cuestionar todo lo ocurrido a su alrededor. Lazo hecho fuertemente por la acogida y el hermanamiento entre dos islas, Cuba y La Palma, y mares distantes uno del otro, Caribe y Atlántico.

                              Las costumbres se complementan con la necesidad de propagar los vínculos de sangre, tantas veces amenazados por el olvido o la falta de comprensión, allende de nuestras fronteras. Isleños por antonomasia que llevamos consigo mismo con sellos idénticos transmitidos de generaciones por miembros del mismo clan familiar.

                              Ahora, es el momento que entre el pueblo palmero se introduzca el alma indiana y salga a la luz del día a relucir la admiración y alegría, rememorando a los retornados de Las Indias. Los Indianos se ha convertido en el Lunes de Carnaval de Canarias. Hay que reconducir la masiva asistencia, -según la opinión manifestada por el Cronista Oficial de Santa Cruz de La Palma, Manuel Poggio Capote-, porque establecer varias escenas a lo largo de la jornada festiva no es la solución, sino hay que catalogar los recursos actuales disponibles y aprovecharlos. No deberíamos partir de una mirada notablemente idealizada hacia el pasado más reciente. Se trata, más bien, de catalogar los recursos actuales y aprovecharlos. La asistencia de un mayor número de participantes se puede reconducir.

                              ‘Los Indianos’ o ‘La llegada de los Indianos’ es una expresión popular que destaca por su fuerte contenido e impacto paródico, convertido en ‘Parodia’. Por su carácter burlesco y por su naturaleza de pasacalle colectivo, una manera de celebrar muy palmera, según demuestran otros ejemplos como ‘La Boda de don Tadeo de Fonseca’, ‘El Desfile de las Naciones desunidas’ o ‘La Banda de Oxford’.

                              A la vez, Los Indianos se ha transformado en un homenaje en torno a la figura del emigrante, que ha sido común a lo largo de la historia de La Palma, hasta tal punto que, puede decirse: ‘el emigrante es parte consustancial a tierra americana como de nuestro ser isleño’.

       -Es evidente que se ha convertido por méritos propios en el ‘Lunes de los Indianos de La Palma’-. Es llamativo cómo una convocatoria con medios económicos limitados y sin contar prácticamente con promoción externa haya alcanzado cotas de difusión tan amplias. Lo más significativo haya sido la aplicación de suspender el desfile por la tarde, ya que constituía un atractivo más del jolgorio de la fiesta y populacho actuante.

                              Presumiendo de fortuna mostraban toda clase de objetos exóticos. En contraposición social, el pueblo, los recibían con mucho cuidado y admiración, fijándose en la indumentaria, algo de lo que carecen, en buena parte, otras citas carnavaleras del archipiélago canario, convertido en signo identitario. Se trata de una fiesta que se ha arraigado en la cultura de la capital palmera. Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI), incluido en las fiestas del Carnaval de las Islas Canarias.

                                El paradigma de investigación que he empleado en este trabajo no es otro, sino el del tipo cualitativo, ya que se indaga cuál es el origen de esta fiesta; si ha permanecido igual desde el principio hasta hoy; si ha habido cambios sustanciales y cuantitativos en su proceso evolutivo; analiza la identificación de una tradición cultural inamovible en el tiempo y en el espacio; los elementos simbólicos que encierran dentro de su representación; si se representa sólo en su localidad de origen o si ha trascendido las fronteras regionales y cuál es el significado de esta manifestación cultural para la sociedad que la recrea.

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