Mi pensamiento gira en torno a los recuerdos que tengo del
tiempo pretérito cuando con todo esplendor se celebraba el Día del Libro.
Hoy, no es algo que nos despierte las tradiciones. Estamos sumergidos en una
sociedad de consumo y nos lo presentan con semanas feriales o con fabulosas
ofertas amontonadas en suntuosos escaparates de céntricos centros comerciales y
de renombradas librerías locales, en donde se exponen numerosos títulos de
miles de obras a merced de la autocrítica, la mala o buena acogida por la
identidad del autor y de la calidad literaria o por cada una por separada.
El contenido del libro o el valor incuestionable de la
lectura es abundante y apreciable en todas sus dimensiones. Además, su
onomástica debe expresar una afición concreta y real a la forma y uso de unos
objetivos de aprendizaje, aunque no menos de cariño y de recurso literario,
lingüístico, histórico, tradicional o de simple recordatorio.
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La fecha de tal onomástica, en el día del fallecimiento de
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), autor del libro de la literatura
caballeresca, -Don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza-, Inca
Garcilaso de la Vega (1539-1616), William Shakespeare (1564-1616) y otros
muchos más por quienes se creó en honor de ellos el Día Internacional del
Libro. Con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la
protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Desde
1988, es una celebración a nivel general promovida por la UNESCO. El 15 de
junio de 1989 se inició en varios países, para exponer la lectura y en 2010 la
celebración ya había alcanzado más de cien.
Se trata de un día simbólico para la literatura mundial, ya
que ese día, en 1616 fallecieron todos ellos con ciertos matices distintos,
pero sin ningún motivo aparentemente significativo, sino lo contrario para
aunar la circunstancia por el bien del principal protagonista: ‘Los libros
son los amigos más discretos que existen; sus visitas jamás nos incomodan, y
aunque a veces los apartamos de nuestro lado, están siempre dispuestos a
servirnos y agradecernos
(Jual Pablo Richter)’.
Sólo quisiera que fuera hermoso y apasionante para aquellos
lectores amantes de un buen libro. Constituye el mejor amigo en los instantes
más insólitos de nuestro trasiego cotidiano. Nos da, a pesar de todo, su calor
traducido en sabiduría o en entretenimiento durante el ocio.
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Lo mejor de las terapias podría ser un serio comentario
sobre lo leído y, sin embargo, no sería necesario acudir muchas veces a
situaciones desagradables de índole adversa a la salud o de naturaleza síquica.
Mi plan consiste en pregonar la necesidad de fomentar la amistad con lo escrito
y saber interpretar de forma idónea lo relatado. En los colegios existen
variadas técnicas para hacer efectivo tal menester educativo. Alguna vez hemos
pensado si los adultos, que nos consideramos asiduos protagonistas de la
adquisición del tipo adecuado de libros, saben sacar de sus entrañas el
rendimiento máximo de lo transmitido, porque ellos son un medio infalible, casi
siempre de comunicación a un lenguaje escrito en diferentes idiomas. Digo la
anterior observación, ya que tantas veces nos acusan de ser apáticos y no
sentir ninguna predilección por determinadas narrativas o versiones literarias.
Finalizo con dos razones de extraordinaria importancia en la
memoria de un sujeto cualquiera frente a la inmensidad de un libro sin tener en
cuenta su contenido, tamaño, forma o volumen que tenga, sino en la gran
capacidad que posee para encantar y embaucar el entusiasmo del lector.
En primer lugar, la celebración global, 23 de abril, del Día
del Libro en España como protagonista otra personalidad destacada, el
científico y diplomático Federico Mayor Zaragoza (1934-2024). Este, tras haber
sido durante la Transición española ministro de Educación y Ciencia, llegó a
ser director general de la UNESCO, entre 1987 y 1999.
Y, en segundo lugar, se entiende por literatura infantil
todo aquello dirigido al lector de más corta edad cronológica, es decir, el
conjunto de textos literarios que la sociedad ha considerado aptos para los más
pequeños, porque estos lo pueden entender y disfrutar, al igual que todos los
textos adoptados por los lectores más jóvenes como propios, pero que en su origen
se escribieron pensando en lectores adultos, por ejemplo Los viajes de
Gulliver, La isla del tesoro, El libro de la selva o Platero
y yo. Se puede definir, entonces, como aquella que también leen los niños.
La literatura infantil es la expresión escrita de la
creatividad con un toque artístico. También, compuesta principalmente por los
cuentos, los mismos son narraciones con personajes estereotipados como recurso
de representación social que presentan aspectos de la vida real y por eso es
tan importante. El concepto de la misma ha hecho correr mucha tinta desde los
inicios de la homóloga científica sobre este género. En ella se integran todas
las manifestaciones y actividades que tienen como base la palabra con finalidad
artística o lúdica que interesen al niño.
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