Millares de personas protestan contra las guerras u
adversidades internacionales por conflictos diversos, en las calles o cualquier
otro lugar público, denodadamente, para ser escuchados. En las principales
capitales del mundo se congregan y celebran distintas manifestaciones en contra
de la política belicista. Y, sin embargo, se continúa aumentando la tensión,
generando incertidumbres y creando mayor espectacularidad las respuestas de una
solución satisfactoria internacional.
Por encima de cualquier ideología tiene que alzarse el
reclamo a un desarme firme y sin condiciones, no proliferar ninguna actuación
bélica inmoral. Jamás debe existir la aplicación de una resolución que no sea
firme, contundente e irreversible. Siempre sea totalmente reversible en todo
momento sin utilizar la fuerza.
Ser o no ser amante de viejos símbolos, nos hacen receptivos
del pasado, memoria enriquecida con un conjunto de errores y un potencial de
aciertos para ser, aún, más pacifista.
Un sendero de esperanza nos lleve a las raíces profundas y
al deseo de paz. La actual situación que no se encuentre enquistada maliciosamente
incrustada en el pensamiento y sentencia humana, sino que busque una ventana
abierta a nuevos aires y no a ecos de tambores fratricidas.
Lamentablemente, el papa San Juan Pablo II ya preveía la
presente adversidad cuando lo afirmaba en su mensaje para una jornada mundial
de la paz: ‘Como olvidar el riesgo permanente de conflictos entre las naciones
en guerras civiles dentro de algunos Estados con una violencia extendida, que
las organizaciones internacionales y los gobiernos nacionales se ven casi impotentes
para afrontar’.
No debemos resignarnos, ni considerar ese largo camino para
la consecución de la paz como una meta inalcanzable. Es posible y se puede
llevar a donde no la hay, o escasea en parte, por negligencia u otra
circunstancia y para implorarla donde hay usurpación de la dignidad del hombre
como proyecto originario de progreso, amor, justicia, verdad y libertad.
Realmente, sin cambiar el ritmo, es triste concebir la idea
de que subsisten cientos y miles de situaciones que representan una seria
amenaza a la paz, en las que se omiten los derechos fundamentales del ser
humano. El bien de todos se subordina a intereses particulares. El pobre es
explotado por el rico. El débil por el fuerte. El inocente por quien carece de
escrúpulos…
Resulta esencial guardar un espíritu de comprensión y de
conciencia con una visión muy amplia y distendida para acreditar que, cuando está
amenazada, la paz de uno, en peligro se halla la de todos y no puede haber si
uno solo de los pueblos, aunque sea el más pequeño y excluido se manifieste
públicamente.
La esperanza de no escribir páginas de nuestra historia con
letras de sangre, no desfallezca y que desde ahora en adelante se haga con la
inteligencia y el corazón, no permaneciendo ajeno a los pleitos bélicos que
azotan brutalmente la faz del planeta.
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