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domingo, 6 de septiembre de 2026

EL CAMINO TORCIDO DE LA PAZ

 


                            Hace más tiempo del que nos podamos imaginar se estableció prevalecer el derecho de los pueblos a entenderse y a conseguir un estado de bienestar desde el respeto a la libertad, a la libre aceptación de sus propias decisiones y capacidad de autoabastecerse de los recursos asequibles a su alcance de explotación económica, social y natural.

                              Millares de personas protestan contra las guerras u adversidades internacionales por conflictos diversos, en las calles o cualquier otro lugar público, denodadamente, para ser escuchados. En las principales capitales del mundo se congregan y celebran distintas manifestaciones en contra de la política belicista. Y, sin embargo, se continúa aumentando la tensión, generando incertidumbres y creando mayor espectacularidad las respuestas de una solución satisfactoria internacional.

                              Por encima de cualquier ideología tiene que alzarse el reclamo a un desarme firme y sin condiciones, no proliferar ninguna actuación bélica inmoral. Jamás debe existir la aplicación de una resolución que no sea firme, contundente e irreversible. Siempre sea totalmente reversible en todo momento sin utilizar la fuerza.

                              Ser o no ser amante de viejos símbolos, nos hacen receptivos del pasado, memoria enriquecida con un conjunto de errores y un potencial de aciertos para ser, aún, más pacifista.

                              Un sendero de esperanza nos lleve a las raíces profundas y al deseo de paz. La actual situación que no se encuentre enquistada maliciosamente incrustada en el pensamiento y sentencia humana, sino que busque una ventana abierta a nuevos aires y no a ecos de tambores fratricidas.

                              Lamentablemente, el papa San Juan Pablo II ya preveía la presente adversidad cuando lo afirmaba en su mensaje para una jornada mundial de la paz: ‘Como olvidar el riesgo permanente de conflictos entre las naciones en guerras civiles dentro de algunos Estados con una violencia extendida, que las organizaciones internacionales y los gobiernos nacionales se ven casi impotentes para afrontar’.

                              No debemos resignarnos, ni considerar ese largo camino para la consecución de la paz como una meta inalcanzable. Es posible y se puede llevar a donde no la hay, o escasea en parte, por negligencia u otra circunstancia y para implorarla donde hay usurpación de la dignidad del hombre como proyecto originario de progreso, amor, justicia, verdad y libertad.

                              Realmente, sin cambiar el ritmo, es triste concebir la idea de que subsisten cientos y miles de situaciones que representan una seria amenaza a la paz, en las que se omiten los derechos fundamentales del ser humano. El bien de todos se subordina a intereses particulares. El pobre es explotado por el rico. El débil por el fuerte. El inocente por quien carece de escrúpulos…

                              Resulta esencial guardar un espíritu de comprensión y de conciencia con una visión muy amplia y distendida para acreditar que, cuando está amenazada, la paz de uno, en peligro se halla la de todos y no puede haber si uno solo de los pueblos, aunque sea el más pequeño y excluido se manifieste públicamente.

                             La esperanza de no escribir páginas de nuestra historia con letras de sangre, no desfallezca y que desde ahora en adelante se haga con la inteligencia y el corazón, no permaneciendo ajeno a los pleitos bélicos que azotan brutalmente la faz del planeta.

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