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domingo, 6 de febrero de 2011

LA SENIL SENDA DEL ALMENDRO EN FLOR

                              No es sorpresa que cada año, en enero y febrero, los almendros se pongan en flor por toda la medianía de La Palma, porque así lo establece la naturaleza. La belleza de su ramificado cuerpo debido al fenómeno de la floración, que supone un estímulo de observación, es sensacional. Si recorremos la geografía isleña lo apreciamos con claridad y grato asombro al ver cientos de ellos conviviendo entre la lava, tierra y pinos. El blanco inimitable de sus pétalos muta en colores azulados, cambiando sus tonalidades en las huertas y laderas. Extienden un manto o fértil alfombra en el remanso de la planicie y en la empinada cuesta de los serpenteantes caminos del horizonte perdido más allá del rellano, invitándonos a parar y sacar fotos, que el turista retiene en la retina de sus cámaras y ojos como imágenes de un paisaje teñido de una dulce semblanza.

                              Las copiosas lluvias caídas habrán dotado de abundante rica savia al fruto, que se transformará en exquisito manjar de dioses. Con un corazón palpitando a ritmo de recogida y partición de la almendra se mezcla en el ánimo de los cosecheros una amalgama de satisfacciones. Se repite una y otra vez el ciclo biológico en los mismos lugares, contemplando el incomparable éxtasis, y brotando lo mágico y misterioso don de la vida. El suelo fecundo se sumerge en lo bohemio y artístico del pintor y poeta oculto en el hechizo de un lienzo o acuarela y del verso en la musicalidad de la métrica y del ritmo. Ahí está el susurro de la brisa y el canto de siempre al celebrar una efímera fecha con buen vino, casi recién estrenado, y el sentimiento más entusiasmado de los pueblos amantes de su identidad que enriquece el bagaje de su cultura e historia.

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