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domingo, 19 de febrero de 2012

LOS INDIANOS Y EL VOLCÁN

                             El binomio que le da título al presente trabajo se complementa con ese otro referente a la emigración de los isleños, nuestros antepasados, a la isla caribeña de Cuba y con la salud, que muchos de ellos deseaban recuperar en las aguas termales de la Fuente Santa de Fuencaliente. Nuestros abuelos, padres, hermanos, tíos, etcétera con peculiaridades adversas a su estado físico, deteriorado por el tiempo transcurrido en calamitosas situaciones, anhelaban y pensaban compartir con su regreso al terruño.
                             La dilatada biografía de uno de ellos nos da la semblanza lejana de alguien con caracteres especiales para establecerse y encontrar un medio más hostil de desarrollar su nueva vida. No me estoy refiriendo al que reflejaba cierto aire de riqueza o de ambigua grandeza como nos muestra el dibujo a tinta y acuarela (22x29 cm), obra (1911) de Juan Batista Fierro Van de Walle (1841-1930), que actualmente se custodia en una de las salas del Museo Insular, antiguas dependencias del franciscano Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción de Santa Cruz de La Palma, sino de aquel aquejado de males corporales de la piel, de los huesos, del estómago e incluso el reuma y la sarna. Los más necesitados de unos tratamientos terapéuticos urgentes y continuos, residiendo en las proximidades del balneario natural.
                             La terapia consistía en un primer baño en una pileta llamada de San Blas, ahí el agua estaba ligeramente fría, porque se mezclaba con la del mar. Otro posterior en la de San Lorenzo que se caracterizaba por las altas temperaturas. Y, por último, el más suave y placentero en donde surgía directamente el manantial. Dicho sea de paso se disfrutaba en marea baja. Sus propiedades curativas eran bien conocidas en los alrededores desde los albores de la conquista para la Corona de Castilla por el Adelantado, Alonso Fernández de Lugo (¿…?-1525).   
                             En el paréntesis de dos siglos, aproximadamente, La Palma se convirtió en la más visitada de Canarias. Tal era la riqueza aportada a su economía precaria en ese entonces que solicitó la construcción, proveniente de las limosnas y el hospedaje de los enfermos, del Pago de Las Indias, topónimo del vocablo “indiano”, por su proximidad a la misma.
                             Todo se acabó en un 17 de enero de 1677, día de San Antonio Abad, que es Patrono del municipio, tras varios días de explosiones y ríos de lava que fluían por la boca más conocida del cráter, junto al Centro de Visitantes, en el núcleo de Los Canarios. Sin embargo, una de las secundarias la sepultó con el magma caído a través de las escarpadas laderas en busca del océano. La erupción duró hasta el 21 de enero del año siguiente.
                             Muchos han sido los intentos por redescubrirla, fortalecidos por la presencia cercana del Teneguía (1971) y tras intensas investigaciones. En el verano de 2005 se logró el hallazgo (45º o 50º), buscándose en la actualidad una solución idónea al reconocimiento que siempre tuvo en nuestra historia palmera.

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