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domingo, 3 de agosto de 2014

EL RELOJ DE LA PLAZA


                              Aquel que realmente lo conoce sabe que su debilidad es tener agujas o saetas. Quien convive con él, quien pasa tiempo a su lado, lo mira una y cuantas veces sea necesario al transcurrir del tiempo. Siempre ha sido, es y será parte de la historia de la capital palmera. Viví, vivo y viviré a su sombra desde mi infancia. Marca el ritmo de la vida a distintas velocidades, según apreciación personal.
                              A su vez, ha habido segundos que parecen interminables y días que se han transformado como si de un par de minutos se tratasen, instantes, de un modo u otro. Para él no todo es esclavitud de medición, sino, también, de placer. Lo importante es que no implica tenga más poder por muy grande que sea.
                              Se encuentra en la torre de la Parroquia Matriz de El Salvador, construida en 1599. Se conoce popularmente por el campanario atribuido al extremeño, natural de Cáceres, Juan Ezquerra. Su nombre constaba en los libros de fábrica de la referida iglesia desde 1567. La edificación surgió a raíz del ataque pirático de 1553, perpetrado por el francés François Le Clerc, Pie de Palo. Se supone que continuó a partir de una primitiva, que no posee su autoría. Por el trazado renacentista introducido en su decoración, tanto interior como exterior, y por la escalera de caracol dentro del muro oriental que da acceso a la misma desde la actual sacristía se acentúa su inicio sin antecedente alguno. De piedra volcánica negra, denominada molinera, con mezcla de mampostería y cantería traída de La Gomera para las ventanas, nicho, visibles desde fuera, y elementos internos ornamentales con reminiscencia del gótico, a semejanza de la fachada del pórtico del templo y del ayuntamiento, muestra un aspecto macizo, sólido y casi militar. Ubicada en el ángulo que forma con la nave de la Epístola y con la capilla Mayor, destaca desde cualquier punto del entorno ciudadano, sirviendo de referencia en pasadas centurias a la navegación de barcos en su entrada y salida del puerto de Santa Cruz de La Palma. Rectangular en sus tres cuerpos de diferentes alturas separados por pequeñas cornisas y una superior sobresaliente con remate almenado da la impresión de ser un añadido o complemento del resto de la obra. En el primero se remata el techo con nervios curvos o combados usados en la arquitectura del XVI, uniéndose a los terceletes y ligaduras con claves, nueve en total y en la central se representa al titular del recinto sagrado, que sirven de nexo a las últimas y es un bello ejemplo del Renacimiento en las Islas. Se abre hacia fuera un vano adintelado flanqueado por pilastras cajeadas con capiteles de tendencia jónica sobre el que se sitúa una inscripción entre otros elementos más cortos, aludidos antes, enriqueciéndose por la presencia de dos conchas o veneras renacientes.          El frontón triangular, rematado en sus extremos por jarrones, recoge en su tímpano un escudo episcopal, que es el del Obispo Diego de Deza, prelado de la diócesis entre 1554 y 1566, bajo cuyo mandato se decidió tal obra y referente a su persona se lee, muy deteriorado, los versos siguientes: “Tres legimus Decios se devovisse saluti/comuni, ut victrix Patria Roma foret./Mira triumphatum decorat Capitolia laurus./Sic sva, sic quartus religione gregem/conveniunt praesul Decius Tarpelaque cautes,/Gallica pro lauro lilia clara intent./Nominis auspicio ac devictis hostibus aucta/incólumes cives utraque Palma fovet.”. Puede ser la traducción más fiable: “Tres Dacios ofrendaron su vida por el bien común/para que Roma fuera la patria vencedora./Como el laurel de los triunfadores honra sus admirables capitolios,/así el cuarto de Decio honra con la religión a su grey./ Vienen a fundirse el Obispo Decio y la roca Tarpeya./Brillan en lugar de la corona de laurel las blancas lises de Francia./Una y otra Palma acrecentadas bajo el auspicio de su nombre/y a despecho de los enemigos alientan a los incólumes ciudadanos.”. El escudo indicado: “Se halla partido en seis luneles de azur, en campo de oro en el cantón derecho, armas de su padre Nicolás Tello; en el izquierdo, de plata, losanje de gules cargado de un castillo de oro y cantonado de cuatro flores de lis en azur, armas de su familia materna, los Deza, cuyo apellido usa en primer lugar”. En el segundo, sobre una ventana rectangular, se abre un nicho con la repetida ornamentación y hornacina de medio punto, que rompe la línea de imposta, quedando enmarcada por un alfiz que forma la cornisa al quebrarse. En la onomástica del Santo Patrón insular, 29 de septiembre de 2006, se colocó una escultura, esculpida en blanco mármol de Carrara, del Arcángel San Miguel, al igual que la efigie de El Salvador, que preside el atrio del templo en sustitución a la original destruida por un huracán en el XVIII. Y, en el último, existen parejas de huecos semicirculares para el alojamiento de las campanas y encima un entablamento en donde se ha colocado a nuestro protagonista. Ya nos queda el remate del cuerpo superior de almenas escalonadas  con la garganta de bronce en la del medio, tocando las horas y sus medias con distinto sonido, y la leyenda adjunta a un emblema de La Palma, que dice: “Venit ora ivdici eivs/mandose hacer a espensas del cavildo de la isla: para uso de el relox/que tiene la civdad en la torre de la parroquial/del sr s salvador año 1759 (sic)”.
                                     Los detalles que imprimen carácter a una urbe suelen estar a ras de suelo, junto a los monumentos y edificios. Sin embargo, hay otros que otorgan personalidad y que está más arriba, en las construcciones más importantes, dando cuenta del paso de los años. Durante décadas ha contado los minutos de nuestros antepasados y de nosotros y ha marcado a ritmo de campanadas el paso de la historia del municipio. Esta maquinaria singular y entrañable en el corazón de todos nosotros habrá que prestarle el apoyo logístico necesario.
                              La colocación de estos artilugios mecanizados en zonas altas no es casualidad, ni responde solo a la necesidad de ponerlos en lugares visibles. Los más antiguos conseguían accionar su funcionamiento gracias a un sistema de pesos. Este método necesitaba de una distancia de caída libre considerable, porque a medida que esos cuerpos suspendidos en el aire iban bajando, el funcionamiento del mismo estaba garantizado. Cuando llegaban al suelo había que volverlos a elevar y, así, empezaba un nuevo ciclo o proceso, de ahí la importancia de la figura del relojero. La exactitud del mismo dependía antes y hoy del cuidado y supervisión constante de estos meticulosos profesionales.
                               Ha cumplido 169 anualidades desde su instalación, 30 de diciembre de 1844. Fue pedido y facturado por los Sres. A. Passley Lisste y Cía., quienes los distribuía para Canarias con sucursal en el Puerto de la Cruz (Tenerife), en 1842 a la firma Moore and Sons de Londres, la misma que hizo el Big Ben. Fue comprado, no siendo sencilla la operación de compra-venta por la severa crisis económica que se padecía,  por suscripción vecinal y de las importantes contribuciones de particulares y ricos hacendados, comerciantes, de origen inglés e irlandés, que desde finales del XVI y XVII se afincaron aquí. Consta de dos esferas, orientadas al naciente y al sur, con numeración romana.
                              Es una pieza de ingeniería de gran valor sentimental y patrimonial. Conrado Fernández Vargas y su hijo, como anteriormente lo hicieran su padre y abuelo, miembro de cuatro generaciones de expertos en este noble oficio, es quien lo mantiene intacto limpiándolo, dándole cuerda y engrasándolo, siendo totalmente imprescindible. Marcaba un orden y era, es y será un símbolo de civilización y de progreso. Su sistema de regulación del mismo no ha variado desde su instalación y su mecanismo es igual a uno de pared, que le obliga a subir cada sábado, un deber que cumple desde 1967, oficialmente. Es un signo y sincroniza la llamada a las celebraciones eucarísticas.
                             Según las referencias obtenidas por distintas fuentes el Cabildo Insular ordenó traer uno de hierro desde Flandes (Bélgica), 3 de noviembre de 1559, para sustituir al que había sido quemado por los franceses en el referido saqueo al pueblo, que estaba situado en el lomo de Mataviejas encima de una base de madera. De ahí proviene el nombre de Callejón del Reloj, que parte de las inmediaciones de la calle Jorós hasta el reseñado lugar. No tengo duda, que haya sido de sol como los existentes en las fachadas de algunos templos emblemáticos (capilla del Real convento de la Inmaculada Concepción de la orden de San Francisco de Asís y del Real santuario de Nuestra Señora de las Nieves). Su colocación tuvo lugar el 10 de febrero de 1561 en el mismo punto que el anterior, acondicionando sus alrededores por no estar, aún, finalizado los trabajos definitivos en la plaza de España. Más tarde por un convenio entre el anterior ente administrativo y el Arcediano de Las Palmas de Gran Canaria, Juan Salvago, 8 de octubre de 1568, se dispuso ponerlo en una casilla de materia arbórea a un lado del actual ejemplo religioso con fines específicos,, que venía a caer sobre el oratorio del Carmen. Hasta el 6 de diciembre de 1843 se vio su silueta por última vez, ya que a las doce del mediodía de ese día, concretamente, cuando se oyó por primera vez tocar el actual.                                   A reglón siguiente y como escalafón transcribo el acta redactada por la junta de gobierno insular, que dice: “Que porque en la Iglesia mayor de esta ciudad se ha hechuna torre para el servicio de las campanas en la cual estará bien el reloj que este Concejo tiene por estar muy alto, y en la plaza, en medio de la ciudad, y porque se ha tratado con el Visitador de este Obispado que el dicho reloj se ponga en la dicha torre y se pase la campana con sus herramientas y cosas del dicho reloj a la dicha torre y allá se asiente en el lugar que para ello está señalado y la Ciudad haga a su costa la casita donde ha de estar dicho reloj, con tanto que el Mayordomo de la Iglesia haga declaración sea el dicho reloj de la ciudad, para que como cosa suya lo pueda quitar cada [vez] que le pares[z]ca, y que los Beneficiados asimismo hagan la misma declaración, para que conste”.
                              Desligar el cuidado de ambas reliquias es absurdo, puesto que están unidos en un solo monumento. Si hablamos de uno lo haremos del otro con sumo cuidado y nostalgia, envueltas en el cariño y la intensidad minuciosa del presente para legarlo al futuro. Los excrementos corrosivos de las palomas afectan preocupantemente a la piedra y otros enseres sin hallar una solución eficaz del problema,  aunque piensan cubrirla con una malla transparente, casi imperceptible.

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